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sábado, 14 de septiembre de 2013

A veces... o casi siempre

Ustedes disculpen, pero es que la vida me rebasa casi todo el tiempo.
Trato de tener los ojos buenos y el espíritu tolerante para no perder el encanto de los brazos abiertos. Sin embargo, a veces me gana la tristeza.
Y es que soy de lágrima fácil. También sonrío y me incendio con la misma simplicidad.
Cuando la zozobra me sucede, trato de llenarme de luz. Pero a veces la oscuridad es tanta...
Transitamos todos a lo largo de la historia de manera irremediable y -algunos, no todos- con el corazón hecho pedazos nos damos cuenta de que la repetición es nuestro sino. Que siempre habrá un agresor y un agredido, que pareciera que la sangre y el dolor son inevitables, que el poder que pisotea es más importante que los abrazos que acercan.
Yo he tratado de asirme con fuerza a lo segundo, pero he de decirlo sin pudor... creo que eso no cambiará nada. Pasarán los años y habrá más balas y habrá más golpes. Habrá más intereses con las fauces muy bien dentadas y habrá héroes construidos y otros caídos que nunca serán conocidos. Habrá miseria para siempre y riqueza a chorros para algunos que no la merecen.
Y sí... también habrá aspirinas para los desencantados. Pero esas nunca van a alcanzar. Esas no funcionan para hacer algo contra la medusa de cabezas incontables y persistentes.
A veces la esperanza no alcanza.

viernes, 26 de abril de 2013

Moribunda

Días como hoy me pregunto por qué me abandonó la escritura y entonces me percato de que soy yo quien la ha abandonado a ella. Entonces los ojos se me llenan de llanto y en las manos no encuentro las fuerzas para continuar.
A veces me queda algo de reserva en el espíritu pero, con las arduas horas de trabajo y las precarias horas de sueño, el cuerpo me flaquea.
Y sí, me pasa que me pongo llorosa. Me pasa que de tantos fragmentos en los que me divido me quedo toda agrietada para cuando intento volver a reunirme.
Entonces no puedo desanudar la tristeza de esta garganta tan apretada. Tampoco puedo tragarme los sollozos.
Así, en medio de un mar pendientes, miro el reloj y el tiempo me aprieta. Y las tareas me aplastan. Y las letras se me quedan hasta atrás. Y si oso voltear me empiezo a convertir en estatua de sal. Y no entiendo nada. Absolutamente nada.
Una vez alguien me dijo: "Yo creo que lo que tú tienes es un cansancio muy viejo".
Yo más bien creo que tengo un cadáver por cuerpo y a veces hasta se me olvida cómo caminar.

viernes, 4 de enero de 2013

6 de enero

Ahora que salgo a la ciudad, me percato de algo que no había notado en otros años: por todas partes están vendiendo sobres/cartas dirigidas a los reyes magos. Las impresiones son de una calidad espantosa y entre las líneas tienen oscurísimas siluetas de los tres personajes en cuestión.
Por fuera tienen imágenes de películas para niños y por dentro ya tienen impresa en cursivas la leyenda de Queridos reyes magos.
No sé hace cuántos años esto viene sucediendo; la tragedia a mí me tomó por sorpresa porque las posibilidades de espacio son mínimas y en esas hojas no se puede dibujar. Me pregunto en qué medida el ritual ha cambiado... o tal vez es que siempre he sido dada a mirar el detrimento en todas partes, pero es que hace más de dos décadas yo me tardaba casi tres días en escribir esas cartas. No se trataba sólo de pedir, sino también de convencer; entonces me dibujaba a mí con la bicicleta esperada o trataba de retratar los detalles de mis peticiones. También dibujaba a los reyes para que vieran que ninguno era mi favorito. Antes, la carta era todo un ritual de cuyo resultado pedía opinión. La doblaba con cuidado para que la hoja conservara su simetría al abrirse o al cerrarse. La acomodaba como si fuera muy frágil; nunca he hecho peticiones a la ligera.
Es una pena: seguramente esas son las únicas cartas de papel que los niños van a escribir con su puño y letra; me temo que el ritual se ha decolorado. Lo que sigue serán las teclas y los destinatarios serán todos personajes terrenales o virtuales; nunca más tendrán la oportunidad de escribirle a un rey.

sábado, 29 de diciembre de 2012

Las aventuras de estos días

Nadie lo sabe, pero estoy aprendiendo a hipnotizar dinosaurios pequeños.
Habría que ver la paciencia que tengo para esperar a que esta iguanita que lanza las fauces se acostumbre a mi cercanía. Habría que ver la valentía con la que me acerco y el cariño con el que le hablo. Su mordida de dientes filosísimos no duda. Espera y se lanza.
Sin embargo yo lo recibo con una ramita de pápalo; entonces cede un poco y toma una. Después toma otra y otra. Cierra los ojos, supongo, para saborearlas mejor. Entonces yo me acerco más y le acaricio la cabecita. Él se deja tocar y permanece quieto. Abre los ojos y me mira con toda su sabiduría. Yo sonrío porque la mirada de un dinosaurio es un privilegio que no a todos les sucede.
Así es ahora todos los días. Cada mañana tengo que volver a empezar. Cada que llego tengo que acercarme con las mismas precauciones.
Esta bien.
Estoy aprendiendo a hipnotizar dinosaurios pequeños.




martes, 13 de noviembre de 2012

Otra de antaño

Cuando era niña mi favorito era el número dos. Y es que mi maestra me decía que ese número era un cisne; que observara con calma. Que si me acercaba podría ver sus alas. Que era finísimo y que había que fijarse bien. Que era del color del crayón con el que lo dibujaba.
Entonces yo lo veía flotar en la hoja. Me ponía a hacer una familia entera porque quería hacer cisnes que volaran, pero todos permanecían quietos porque les gustaba el agua.

2 2 2 2 2 2 2 2 2 2 2 2 2 2 2 2 2 2...

Después me dijo que la ese era una viborita. Que observara las curvas de su cuerpo que parecía trasladarse en la arena todo el tiempo. Que si la decía en voz alta, escucharía lo que las víboras dicen a los que saben escuchar.
Como acostumbraba, me puse a escribir un número incontable de viboritas para que todas sonaran al mismo tiempo.

S s SSss S s sssss SsSSss
ssSsSSssSSSSsS
SS ss sS S ss SS ss


Así es como aprendí a que lo que uno escribe puede quedarse en el agua, puede echarse a volar o puede matar.

lunes, 8 de octubre de 2012

Encajada

Ahora es así. A donde quiera que mire, el paisaje es el mismo. Cajas, polvo, pilas de esto y de aquello, bolsas de lo que se va, montones de aquello que se queda. Desorden. Lo que sigue es el caos. Meter la vida, apretarla; acomodarla como sea posible para que todo quepa en el reducido espacio que tengo disponible.
Tiro recuerdos al vacío. Uno no se da cuenta de todo lo que pesa la existencia hasta que tiene que moverse con ella de un rincón a otro.
No hay nada más devastador que una mudanza que no estaba en los planes del porvenir.
Entonces me da un ataque de ansiedad y lo tiro todo. Me quedo apenas con lo indispensable para moverme más rápido, para que todo acabe pronto, para que el peso no me quiebre. Así es como termino toda doblada a pesar de las precauciones.
Quisiera correr y que todo acabara. Quisiera abrir los ojos y tener una certeza que me dé la sensación de que conozco el rumbo de mi camino.
Nada. Ruido. Vuelvo sobre mis pasos con todo el peso que ha puesto sobre mis hombros el destino.
Lloro. Lloro en silencio para que ni yo me pueda escuchar; para que no lo perciba ni mi sombra. Para que Dios no se dé cuenta de lo mucho que me duele. Quiero pensar que no se da cuenta porque si es así, entonces es un poco más cruel de lo que yo esperaba. Más.
Y sí: yo lo entiendo todo. Puedo encontrarle la lógica, las causas y los efectos. Lo sé: a mí me caben muchas cosas en la cabeza. El problema es que tengo muy pequeño el corazón y sólo puedo albergar una sensación a la vez. Me inundo fácil; me desbordo a la menor provocación. Hago una tormenta por cualquier cosa.
Me empeño. Me empeño en organizarlo todo porque así me enseñaron. Intento fluir pero si me suelto, el río empedrado me lleva y me estrella. Por eso me empeño; para que todo regrese a su lugar lo antes posible.
Me detengo en seco. Escribo y me doy cuenta de la fatalidad: no tengo un lugar. No tengo un lugar. No tengo un lugar. No tengo un lugar. Lo escribo varias veces para entenderlo. Comprendo la oración. La estudio; le encuentro las categorías gramaticales porque así me enseñaron a hacerlo. La entiendo. Pero no me cabe en el corazón.

sábado, 14 de julio de 2012

Retirada

Ahí estuve, haciendo lo que pude; evitando las tristezas ajenas, prohibiéndome leer desconsuelos, repitiéndome una y otra vez que ahora todo es distinto: el momento, las circunstancias, la disposición, el ánimo, la sed, las redes sociales. Lo cierto es que hice todo porque tenía miedo de que la duda se me convirtiera en certeza. Finalmente ese momento ha llegado. Es como el kick boxing. Cuando uno está frente al otro con los guantes puestos y la adrenalina palpitando por todo el cuerpo, los golpes se perciben pero no se sienten en su justa dimensión. Mientras nos movamos, mientras fintemos, mientras tengamos fuerzas y velocidad para lograr un buen gancho, la pelea se sostiene. Lo peor viene después. Cuando todo se ha acabado los golpes ganan terreno, el ácido láctico se expande por los músculos y los vasos sanguíneos que se rompieron se asoman sin miramientos. El día siguiente a la golpiza es simplemente insoportable. Por eso seguí gritando y marchando y yendo y viniendo.
Pero me cansé. Hoy me cansé.
Me cansé de gritar. De negarme la tristeza. Sucedió lo inevitable: perdí. Ha llegado el momento de saberlo. Me doy una pausa para volver a encontrar mi lugar porque entre la lucha cuerpo a cuerpo con la alevosía perdí la sonrisa, las dimensiones, los horizontes, las palabras. Mis palabras.
Ya no tengo la adrenalina de mi lado. Ya no tengo los guantes puestos. Ha llegado la tenebrosa calma que tanto temí. Este es el día después del enfrentamiento en el que me vencieron: el insoportable.
Me iré a buscar en las páginas de mis diarios, de mis autores favoritos, en los abrazos de mis amigos, en los ojos de mi iguana (siempre tan preciosa y tan sabia).
Me voy a buscar porque no sé donde quedé.
Cuando haya cicatrizado, cuando esté restaurada, cuando me encuentre completa, regreso.


lunes, 14 de mayo de 2012

Arrebatada

A veces quisiera decírtelo todo de golpe, pero me da miedo.
A veces no sé salir de este silencio que contiene todo el cariño, todo el deseo, toda la furia, todo tu nombre y todo lo que no entiendo.
Casi siempre tengo la brújula perdida y la noche inminente. Lo bueno es que tienes bondad de luciérnaga y entonces yo sé por dónde caminar.
Casi nunca tengo las certezas en su lugar. Soy desordenada con el asunto de andar soñando.
Soy una loca con los abrazos y casi siempre aprieto de más. Afortunadamente naciste a prueba de infiernos y sabes esperar. Sabes mirar a los ojos, sabes cantar en silencio, sabes dibujar corderos, sabes hacerme campos de trigo, sabes desenredarme el cabello, sabes descifrar las coordenadas que yo no entiendo, sabes desarmarme la ira, sabes dejarme correr.
Sin saberlo sabes de mí lo que yo apenas empiezo a saber. Lo que yo no había visto ni previsto.
Ahora puedo cerrar los ojos y entender sin tener que explicar nada. Sólo tengo que recordar que la luciérnaga eres tú.

sábado, 7 de abril de 2012

Como el cielo

A veces me siento como hecha de papel arroz; como escrita en blanco. A veces me pasa que salgo a la calle y camino los pasos estipulados para llegar a mi destino, pero no siempre encuentro lo que se supone que ahí debiese de estar.
A veces respiro sin aire.
A veces me salen raíces y ya no puedo salir corriendo.
Entonces cierro los ojos y me concentro. Pienso que sólo es una de esas veces; que no sucede siempre. Que los derrumbes son necesarios y que la palabra infalible no siempre está en el repertorio de mis trucos más arriesgados.
Y así, como a veces le pasa al cielo, me pongo a llorar.

miércoles, 4 de abril de 2012

La vida

Me detengo. Tengo que salir. El calor aquí me está devorando. Salgo y de a poco me pega la vida en la cara: el aire que me roza, los pasos que camino, un anciano que anda lento al otro lado de la acera, las ramas de los árboles que tienen una conversación secreta con el viento, el pacto ineludible que tiene el olor de las cafeterías con el recuerdo del café italiano.
Así, sin más, la vida me pega a la cara. Me pega con su temperatura que me devuelve las ganas de abrir los ojos, de abrir las palmas, de abrirme toda. Entonces me doy cuenta de súbito que es primavera. Que en medio de las obligaciones que me tienen rehén en el espacio en el que trabajo a ritmo de urgencias galopantes y ajenas, me doy cuenta en un instante de que es primavera... Seguramente por eso me convierto en flor cada que me besan. Seguramente por eso siento que necesito salir del capullo de mi casa y ponerme a revolotear en las calles.
Así, sin más, este único instante que tengo es la vida: las ganas de escribir cuando más falta me hace la poesía; las ganas de dejar aquí, sin estructuras ni lineamientos establecidos, lo que miran mis ojos, lo que prueba mi boca, lo que acarician estas manos, lo que desean estos brazos, lo que aprietan estas piernas, lo que late en este pecho mío y que retumba... que me obliga a detenerme y a salir.
Sigo caminando y me detengo ante un perro viejo que me mira a los ojos. Me dan ganas de llorar. Sigo caminando y escucho las palabras que atraviesan el parque y las palmeras para llegar hasta mí: palabras sueltas libres de significado dichas con entusiasmo, palabras con un dueño que quién sabe dónde está. Palabras que ahora son mías.
Dejo entonces de ser un cadáver andante movido por los hilos de la obligación. Me salen alas. Me salen alas y puedo escribir. Puedo volver a escribir que la vida me pega en la cara. Que eso es lo verdaderamente importante.
Que eso es lo que nunca se me debe olvidar.

viernes, 20 de enero de 2012

Por todos lados

De repente siento que tengo tu nombre por todos lados; como si todo el tiempo escuchara tu voz. Como si pudiera burlar cualquier distancia.
La calamidad me sucede y sé que en alguno de tus rincones me puedo esconder. También me puedo sembrar y después ponerme a crecer. Germinar en tus brazos.
También me gusta pensar que así, de alguna manera, te pongo a salvo. No sé de qué; tampoco de quiénes. Con que aquí te quedes y te mojes los pies en el agua de estas orillas, está bien.
Con eso.

Cariño a quien cariño merece

Miguel siempre fue gordo. Muy gordo. A mí me gustaba que fuera gordo porque así me podía acostar sobre su enorme panza y abrazarla. Miguel era inabarcable. Cuando jugábamos a las escondidas él asumía que lo encontraría muy rápido porque le asomaba su maravillosa panza entre las cortinas; sin embargo, por más que buscaba sentía que él hacía magia porque yo no lo podía encontrar. Entonces se me llenaban los ojos de agua porque tenía miedo de que hubiera desaparecido y no sabría la manera hacerlo regresar. Cuando estaba a punto de llorar, él me decía: “Ya, Luri. Aquí estoy”. Entonces yo corría a su panza para abrazarlo. Y lo apretaba mucho, mucho, mucho. Lo apretaba mucho porque siempre lo he querido así: mucho.

miércoles, 11 de enero de 2012

No de ti

Me puedo cansar de la rutina o de la jornada o de las noches que me paso frente a los pendientes. Me puedo cansar de los pretextos del mundo, de las canciones inevitables, de los espacios de siempre, del tráfico de todos los días...
Me puedo cansar de todo pero no de ti. No de tus ojos que tienen la virtud de la sonrisa ni de tu voz que me hace revolotear. No de tus manos que me convierten en mariposa y me enseñaron a volar.
Si lloro, si me enojo, si me confundo, si cierro los ojos no es por ti; es porque las cosas me cansan y me rebasan. Si sonrío, si me vuelvo a asomar, si me pongo a cantar es porque he aprendido a convertirme en abeja, en cascada, en nube, en reptil.
Todo eso ya lo sabía pero desde que llegaste aprendí a perfeccionar el buen arte de abrazar con cariño por las mañanas, de considerar otros sabores en mis viandas, de cocinar para comer acompañada. De querer.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Réquiem

Vine a despedirme por escrito. Así hago cuando no entiendo. Así hago porque es lo único que puedo hacer.
Vete tranquilo. Hace mucho te vi naufragar en la marea de confusiones tuyas, mías, de otros. Entonces nos sucedió la distancia. Nos sucedió el silencio. Y así, cada uno se fue a atender sus asuntos, sus pendientes, sus prioridades, sus desperdicios y su podredumbre. En ese camino nos encontramos poco. Como siempre terminaba percudida, preferí cerrar todas las puertas y las ventanas. Que la luz se quedara aquí conmigo. Que no se me fuera a acabar el aire. Que no se me fuera a salir la valentía. Que no se me me escapara el sentido común que tú siempre tenías perdido. Entonces construí un castillo de puros muros. Impenetrable. Para que no entraras, para que perdieras las fuerzas en el camino por si lo intentabas. Lo logré. Hoy tengo que tirarlo todo.
Entonces, cuando ya no estás me doy cuenta de que, no sé cómo, ya estabas adentro. No sé en qué calabozo. No sé en qué coordenadas de mi tierra infinita, pero estás. En otras circunstancias te hubiera desterrado... Pero ya lo hice una vez y creo no sirvió de mucho.
Mi silencio es mi dolor. No tengo la certeza de lo que callo; tampoco de lo que duele. Supongo que es inevitable.
Cuánto escombro. Cuánto escollo. Cuánto tiempo. Cuánta oscuridad. Cuánto laberinto construido a fuerza de sobrevivir. Cuánto musgo. Cuánta humedad. Cuánta destrucción. Cuánto por levantar. Cuánto.
Hoy yo tampoco tengo ganas de levantarme y andar. Eres más afortunado de lo que imaginas.
Adiós, padre.
Que Dios te bendiga.
Descansa en paz.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Tuya

Le dejo a mis ojos mi necesidad de mirar y a mis manos la ansiedad de tomar. De tomarte. De arriba abajo.
Le dejo a mi boca la tarea de las palabras correctas y los retoños de mis besos. Para mí es importante besar; dejarte algo de mis labios por todos lados.
Miro más allá de las montañas: alcanzo a ver las estrellas que se te quedaron atrapadas en los ojos. Alcanzo a ver el amanecer de tus dudas y de tus certezas.
Le dejo a mis brazos la habilidad de atrapar en el aire los deseos que no le dices a nadie.
Te dejo mi cariño que crece como enredadera: sube, rodea, abraza, colorea, decora, humedece, absorbe y oxigena.
Te dejo mis ojos cerrados con todo y sonambulismo.
Le dejo a mis alas la tarea de llevarte conmigo. Cuando quieras te puedes bajar. Por lo pronto, mientras estés acá, te prodigo mis arrumacos y te doy el amor de cerca, de lejos y por escrito.

jueves, 7 de octubre de 2010

Supervivencia: n.f. Acción y efecto de sobrevivir

Vengo de escaparme a arañazos de la tristeza más devastadora que haya conocido jamás. Una de las más letales. La desprovista de lágrimas. La que inunda de silencio todo y la que le arranca el sentido a cada minuto del día. Cuando dormir y despertar sólo se convierten en una continuación del mismo día que uno suplica por terminar. Yo que fui medusa, erinia, espuma de mar, tormenta de desierto, sirena de cuento, cascada mortal, colina interminable, mariposa efímera... Nada de repente. Sólo silencio. Sin paisajes ni perspectiva. Sin descanso ni sueño ni sosiego. Metida hasta el fondo en un laberinto sin paredes que nunca inventé.
Inhalo. Exhalo.
Sobreviví. No sé cómo. Vengo sin piel y sin huesos. Lacónica y sin reservas de veneno. Me quedé con lo fundamental y hoy, así como es, está bien.

viernes, 27 de agosto de 2010

De las primeras señales

Para leer esto, primero habrá que estar dispuesto a creerlo todo. A no escandalizarse por la belleza de lo terrible; por el imán de la fatalidad.

Tenía entre tres y cuatro años. Lo recuerdo porque iba en el kínder y estaba aprendiendo a escribir. La fecha era cercana al día de muertos y en un tianguis yo quería que me compraran una calabaza para pedir calaverita. Era la primera vez que lo haría, así que el asunto de la calabaza cobraba una importancia que nadie entendía. Mis padres se negaron rotundamente y de nada me sirvieron todos los berrinches... y eso que yo era una especialista. El que mejor me salía era el del grito ahogado: gritaba con todas mis fuerzas mientras tenía el puño metido en la boca. No sé por qué, pero perturbaba mucho y yo lo hacía con verdadero entusiasmo. La indiferencia de mis padres me puso furiosa y después de pedir hasta el cansancio y de todas las maneras posibles, me dejé arrastrar por la prisa de mi madre que me jaloneaba el brazo mientras caminaba a una velocidad difícil de igualar. Así pues, llegado el momento de partir, subimos a la pick up. Yo iba sobre las piernas de ella junto a la puerta. Ni siquiera lo pensé: mi objetivo era muy claro. Nos acomodamos. Mi madré jaló la puerta para cerrar. Yo metí la mano. Por supuesto grité... se me acababa de fracturar un dedo de la mano derecha: el de enmedio. Después del llanto vigoroso y renovado volví a pedir la calabaza. Esta vez, nadie se negó: camino de regreso tenía la que desde un principio ya había elegido.
Recuerdo que también aprendí a escribir con la mano izquierda.

jueves, 20 de mayo de 2010

Diablita submarina

Corrí. Corrí lo más fuerte que pude. Como no fue suficiente, me puse a gritar. Siempre hasta el último aliento. Todos los días. Como eso no fue suficiente, me puse a dar vueltas de carro. Levanté montañas, cociné galletas de chocolate, mordí las nubes, me comí la luna. Nada. Entonces me metí al agua y me convertí en arañita de agua dulce. Nadar es como volar en un luminoso cuadro de Dalí. Uno sale escurriendo felicidad. La sonrisa se adhiere al rostro (ahora entiendo qué es eso de la ósmosis).
Nadé. Nadé lo más fuerte que pude. Como no fue suficiente, me puse a bailar. Siempre hasta el último aliento...