domingo, 21 de agosto de 2011
Retrato de familia
Cuidado con el que intentara irse. Aquí no había lugar para los renegados, pero eso no implicaba que tuvieran derecho a un espacio mejor. Si no era aquí, tampoco sería allá, aullaban.
Hijos todos del mismo rencor; atormentados todos por el mismo llanto. Sin padre ni madre. Sin hermanos. Sin motivos. Sin abrazos consanguíneos. La sangre estaba en otra parte y no era señal de linaje; sólo se trataba de cicatrices sin cerrar.
Estaban los que habían decidido dejar de reproducirse para acabar con la peste. Estaban los que no paraban de escupir saliva y semen por todas partes. Como sea, a todos les tocaba su porción de escozor e incertidumbre. A todos les tocaba la misma verdad: salvarse a toda costa. Escapar. El problema era el método. Quién sabe cómo, quién sabe por qué, seguían usando los dientes. Si nadie había nacido caníbal. Si a nadie le gustaba tragarse las vísceras de sus semejantes. Y quién sabe por qué, parecía que nadie sabía cómo evitarlo. Lo único que sabían hacer de distinta manera, era llorar.
lunes, 27 de junio de 2011
Las distancias pantagruélicas
Sí, ahí estaba todo eso, pero le faltaba algo. Revisó todo varias veces: los documentos, las prendas, los enseres de limpieza, el diario. Para colmo traía torcido el sueño y de día era un zombie hambriento de descanso. De noche se convertía en frenética obsesiva de la limpieza de su departamento; celadora de su propia memoria que hacía un recuento detallado de los pocos días que había estado explorando. Pero lo que nunca podía apartar de sí era ese hueco por donde se le filtraba la concentración. La ansiedad creció y se alimentaba de la terrible sensación de nunca haber aterrizado en algún lugar: ni allá ni acá. Eso pensaba la Regina de acá.
La Regina de allá se había perdido en la boca bestial del aeropuerto en París. Demasiada gente, demasiadas puertas, demasiadas flechas, demasiadas voces, demasiadas maletas, demasiadas razas. La Regina de allá, ni siquiera había llegado a Roma. Seguía tratando de encontrar la terminal que decía el boleto.
La Regina de más allá se había quedado prendada del Renacimiento que seguía hirviendo en Florencia. Se habrá quedado bañada en la luz de alguna catedral, en la contemplación infinita e inevitable de algún Botticeli, en la esquina de algún Miguel Ángel, en la desnudez de algún Tiziano, en la virginidad de algún Rafael o en los ojos de un Napolitano sin nombre.
La Regina del principio seguía con unas ganas voraces de conocer el Coliseo hasta la más pequeña de sus grietas.
Regina estaba desperdigada por acá y aculla. Al cuerpo le bastan doce horas para atravesar el mar, pero el espíritu no puede viajar a la velocidad de los 630 kilómetros por hora que alcanza el avión. Necesita detenerse y estar.
Ahora quién sabe cuánto tiempo tenía que esperar Regina a que llegaran sus otras porciones de sí misma. Hasta que eso suceda -tal vez hasta entonces- la belleza y la monumentalidad de las que fue testigo, puedan volver a iluminarle el alma.
domingo, 8 de mayo de 2011
Yo, ogro.
Tributo a la letra o, la de boca abiertísima donde casi todo cabe.
Que me enrede...
Tributo a la letra e, que sonríe siempre en todas las tipografías.
lunes, 28 de marzo de 2011
Desmemoriada
Para Alma Delia Murillo, con cariño verdadero
Habrá que saber que me hago pedazos a la menor provocación. Que corro todas las mañanas; no por deporte. Sólo así me puedo quitar de encima la desesperación de tanta vida: sudando. Cada día amanezco un poco más cerca de mi muerte y cada vez tengo más sed. Como si nunca fuera suficiente. Creo que nunca ha sido suficiente. Entre más agua, más desierto. Como si tuviera escarpado el cuerpo y no hubiera nada que pudiera hacer para remediarlo. Consulto todos los días el diccionario porque necesito recordar el significado de las palabras que transito. Y es que todos los días me da miedo perderme. Como si en cada palabra que omito estuviera mi destino. Ese que no encuentro. Ese que no sé dónde está. No sé quién soy porque todos los días que amanezco me pongo un nombre distinto. Entonces me tengo que empezar de nuevo. Me tengo que conocer otra vez. Soy un pulpo de metal asido a la calavera de los cadáveres que no sé dónde meter. Después de unos minutos eso se vuelve insoportable y corro. Corro. Me convierto en caballo y corro. Sólo cuando me canso siento que las cosas cobran sentido. Siento que la sangre me galopa por las venas y que en cualquier momento se me va a salir el corazón. Ojalá algún día suceda. Ojalá un día se me salga para que se lleve con él las ganas de recordar quién soy. Ojalá un día se me salga para que me pueda detener porque estoy cansada de estrellarme todos los días; de estrellarme con las novedades malditas de saber los nombres que me rodean, de conocer los caminos que siempre me resultan un laberinto, de descifrar los instructivos mal escritos de lo que procede. De estrellarme y seguir entera; como si pudiera resistirlo todo. Como si fuera inmortal.
jueves, 13 de enero de 2011
Los ojos cerrados del súper héroe
sábado, 13 de noviembre de 2010
Efebo y mortal
Catorce años, el bigote ralo, un acné que le destrozaba las mañanas en el espejo, ese colmillo de más que había salido quién sabe de dónde y los resagos de la vida sedentaria que hacían estrago en sus costados estaban ahí, pero esta vez tenía algo con qué hacerles frente: Pamela lo había visto. Pamela Corrales, número de lista 12, de 5º B, la del desierto taller de acuarela. A ella, a ella la estaba abrazando. A la que le había ayudado a bajar los bultos de ropa para la comunidad de un cerro que pasaba frío. La misma que podía compartir un asiento junto a él sin mirarle el diente maldito todo el tiempo, como si su fealdad no estuviera ahí. Pamela Corrales, la que le había encendido los fuegos artificiales del corazón. La misma por la que podía dejar de compartir las horas libres con el Richard.
No sabía cómo, ni por dónde. Apenas le rodeaba el talle y mantenía sus labios pegados a esa tersa mejilla mientras ella no apartaba los ojos y los dedos del celular. A veces volteaba para darle un beso discretísimo, entonces él estallaba en silencio. No se acercaba del todo para que ella no fuera a percibir en su delatadora pelvis las consecuencias de tanto amor. Nada importaba el examen de química, ni las ecuaciones que cada día entendía menos, ni la obra de Pericles o Sófocles o Demóstenes... o como se llamara. Ahora sólo las clases donde se mencionaba el aparato reproductor femenino, tenían sentido. Estudiaba detenidamente el mapa de aquel útero a colores que le daría la pista para encontrar los misterios insondables de Pamela Corrales. También exploraba las imágenes obsenas de la pornografía que su hermano escondía en la habitación, pero las proporciones de las modelos depiladas hasta la vulva, nada tenían que ver con lo que veía en ella. Sabía que eso no era lo que encontraría ahí (aunque por supuesto, no se privaba de los placeres solitarios). Tardaría dos semanas en el paraíso de aquellos brazos finísimos. Después ella le diría que estaba confundida. Él tardaría meses tratando de entender. El Richard le haría burla cada que se les atravesara la Pamela por enfrente. Él regresaría a su lugar en la última fila hundido en el video juego portátil que lo sacaba de ahí. Algún día se podría deshacer de su desoladora virginidad, de su fealdad desproporcionada. Por lo pronto, sólo le quedaba contemplar a la maestra de Biología que con tanta claridad explicaba sobre la meiosis y la mitosis y, por supuesto, sobre el aparato reproductor. Miss Rocío. Miss Rosy. La de maquillaje sin escándalos y manos suavísimas (seguro tendría las manos muy suaves). La que siempre olía bien y se acercaba más a las imágenes de las revistas para adultos. Menos mal que cuando estaba en el laboratorio tenía que usar la bata porque siempre se le notaba en la pelvis el furor.
martes, 2 de noviembre de 2010
Señor Garduño
Ese momento le había costado los ahorros de año y medio para irse a la playa sin la esposa que no tenía ni la madre enferma que le llamaba siempre a la hora de la comida. Caminó por la playa nudista con su redonda panza y sus pelos por todos lados. Cuando menos se lo esperó ya estaba sonriendo. Se dio cuenta de que alguien lo había planeado todo: que en realidad él era un dios y que le habían dicho una mentira para que no se diera cuenta de su preciosidad. Ya no se avergonzaba de sí mismo. Vio sus manos regordetas, se le cayeron las lágrimas.
Por fin, había llegado el día. El señor Garduño era feliz. Verdaderamente feliz sin ayuda de nadie y sin haber tramitado nada en ninguna ventanilla. Nunca olvidaría el día que el mar le había enjuagado de las raíces y la piel el síndrome de la simetría.
Ahora lo sabía y nadie lo podría detener.
viernes, 22 de octubre de 2010
Escritos por desventura
Una pena que se hubiera descuidado. Hay personas sin escrúpulos capaces de todo: alguien le robó el papiro y el seudónimo; después el ladrón intentó reacomodar eventos, añadir detalles y dejar testimonio de ello por todas partes. Diseminó el rumor de que los textos eran sagrados, confundió a sus lectores, corrió la sangre y ya nadie sabía por quién estaba peleando, sólo sabían que se trataba de alguien importante. Decían que se llamaba Dios.
viernes, 15 de octubre de 2010
Levantarse y andar
Cuando se vio al espejo entendió todo por la hinchazón de la cara. Esta vez no pudo resistir. Sabía que la parasomnia la estaba rebasando. Entonces se dio por vencida. No era feliz: ni ella ni la otra que sucedía cuando dormía. Se acostó. Esta vez no tomaría precuaciones. La dejaría escapar.
domingo, 26 de septiembre de 2010
Lejos
Lágrimas. Había visto tantas que había perdido la cuenta. Como nunca tenía la palabra precisa, iba equipado con una buena dotación de pañuelos; un detalle así siempre era bienvenido. A veces hasta lograba una sonrisa.
Ella vio su tarjetón: "Caronte Del Río".
─¿Caronte?
Él asintió subiendo los hombros y con los ojos buenos:
─Uno se acostumbra a su nombre, señorita. Qué le voy a hacer.
Ella apretó la mandíbula. Volvió a llorar.
─Usted me dice cuando quiera que pare.
─Parece que eso no es posible.
Él sólo la vio por el retrovisor para preguntar con el gesto la razón.
─Detenerse parece un milagro reservado para quién sabe quienes.
Cuando cambió el paisaje, ella prosiguió:
─Yo, por ejemplo, me duermo pensando que amanecer no es necesario. Que quien sea que decida despertarme, podría evitarse la molestia. Sin embargo despierto. Siempre.
Él supo entonces que cualquier destino era absurdo. Que a donde sea que fuera, sería ridículo llegar porque al fin y al cabo siempre llegaría al mismo lugar, así que decidió arriesgarse:
─Entonces, cierre los ojos.
El chofer aceleró y nunca se detuvo.
sábado, 11 de septiembre de 2010
Mine y los códigos secretos de todas partes
Sin saberlo, empezó a descubrir por sí misma el código que escondían los pequeños símbolos en las cajas de cereal, en los espectaculares, en los letreros grandes y pequeños. Así, abrió los libros de su hermano. Primero reconoció a la e en la breve sonrisa de la grafía. La i que parecía una mujercita muy digna con esa cabecita. La u como su columpio. La o que siempre tenía la boca abierta. La a que era la esposa de la o... Era la única manera de explicarse esa rayita que la hacía ver tan propia (pero por su pancita era obvio que era su esposa).
El camino con las consonantes evidentemente fue más largo y elaborado. Como Minerva no daba lata por andar metida en las líneas, no le ponían mucha atención y se mantenía concentrada en su misión. Primero monosílabos completos: sol, yo, mi, sal, pan. Después un poquito más: pa-pá, to-do, ca-ma, cu-na, mi-ma... ¡mi ma-má me mi-ma! Todo iba muy bien hasta que algo pareció estar fuera de lugar:
lunes, 6 de septiembre de 2010
De las costumbres malditas
Así empezó a prepararlo todo: el boiler, las toallas, la bolsa, el café, las prendas, la cara. Pero esa mañana no pudo encontrar la sonrisa. La buscó por todo el espejo, en cada cajón, en el refrigerador, en las macetas, en el cielo de la mañana. Entonces vio su reloj y el horror fue inevitable: ya estaba vieja.
jueves, 2 de septiembre de 2010
La historia insospechada de...
Antes de él, ningún otro lo había intentado. Todos se quedaban quietos, cumpliendo con su deber a fuerza de domar los impulsos más primarios. Él no lo pudo evitar y sin indulto, le plastificaron. Le quitaron el filo de la dentadura y la mandíbula que amenazaba a las cabezas más desmelenadas. Le empequeñecieron el tamaño y le aplanaron el espíritu. Desde entonces, se queda con lo que puede de los cráneos que tiene a la mano. Él espera. Espera con paciencia. Tal vez algún día todo vuelva a la normalidad.
viernes, 20 de agosto de 2010
En los ojos de un chamaco cabrón
Emiliano nunca se cansaba de explorar el terreno baldío que había al lado de su casa. Siempre había algo para guardar en las bolsas del pantalón. Ese día halló lo que nunca había visto: "una boa constrictor", decía él. La viborita no tenía nada de peligrosa. Era de color amarillo y tenía la mirada como todos los reptiles: impredecible. Emiliano aprovechó que estaba enroscada a una rama que pudo alcanzar. Le pareció fascinante, amenazadora y oportuna para espantar a quien se le pusiera enfrente. Así se dedicó a sacarle gritos a las niñas que tanto odiaba y a molestar a doña Tere, que a sus 53, ya no estaba para aguantar las imprudencias de un chamaco que le quería echar la viborita en la bolsa del delantal. Cuando su madre escuchó los gritos, bajó para ver qué pasaba.
-¡Este tarugo señora! ¡Mire nomás lo que trae! Y yo con mi soplo en el corazón.
-Emiliano, no te quiero ver con eso en la casa. ¡Pa' fuera! ¡La tunda que te voy a dar si no te deshaces de ese animal!
Emiliano se salió. Nunca había tenido perros ni gatos ni ratones ni nada. Nunca había cuidado de nadie. Él era el hijo único al que se le prodigaban todos los cuidados y atenciones de una madre soltera y trabajadora.
Lo sabía: el detalle de la boa constrictor le iba a costar la mesada del domingo que tanto esperaba, además de la revisión exhaustiva de sus tareas que sólo sucedía, cuando su madre estaba enojada y buscaba errores por todas las hojas del cuaderno. Como todo hijo consentido, los berrinches impulsivos eran su especialidad. Se acercó a los tabiques de la construcción que había en la esquina. Frente a la construcción estaba el anciano que parecía parte del paisaje: siempre estaba sentado ahí, con su cara de tortuga silenciosa e impasible.
Emiliano puso a la boa sobre un tabique. Tomó otro y lo estrelló contra ella. Así, Emiliano trituró con esmero todo ese lánguido cuerpecillo. Se tardó. Cuando acabó, subió la mirada y se encontró con los ojos del hombre tortuga que no pudo pronunciar palabra durante el atentado. El anciano negó con la cabeza y sólo pudo decir: "Chamaco cabrón". Levantó su cuerpo -que parecía moverse por primera vez en siglos- y se metió a su casa. Cuando se quedó solo, volvió a ver lo que había hecho, pero esta vez sentía como si le apretaran la garganta y le dolió ser un chamaco cabrón. Le dolió la serpiente y el impacto de los tabiques. Le dolió haber obedecido así.
Cuando regresó a su casa, estaba dispuesto a los castigos que fueran, pero ninguno le pudo quitar de la memoria la imagen de aquella viborita sin nombre.
domingo, 8 de agosto de 2010
La reina que enfermó de desierto
-Imposible.
-Necesito auscultarla por completo. Si no pruebo con el estetoscopio, no sabré lo que sucede con sus pulmones, ni con su corazón, ni con el resto.
La reina lo miró de muerte; le pidió todas sus identificaciones. A él le pareció extraño pero así lo hizo. También le lanzó una serie de preguntas que respondió más por miedo que por profesionalismo. Así se enteró ella de que a él le gustaba armar rompecabezas, de que de vez en vez viajaba tres años luz de distancia nada más para relajarse, de que acostumbraba dos pedazos de queso por las noches, que le gustaba el color violeta, que de niño se fracturó el brazo derecho, que le gustaba el otoño y detestaba que las estrellas se pusieran en huelga.
-Es que este es mi traje de inmunidad de acero.
-Pero yo no le voy a disparar.
Ella no dijo nada.
-Su majestad, es absolutamente necesario.
Ella no renunció a su silencio y él intento escuchar su respiración a través del traje antibalas, pero le fue imposible.
-Es que sólo con él puedo cerrar los ojos, tragar arena y abstenerme del agua.
-Su majestad... ¿no toma agua?
Ella no dijo nada. Él le miró las pupilas y revisó sus oídos. Tampoco pudo tocarle el cabello. Ella no se dejó. Ella no dijo nada.
-¿Qué le duele?
-Todo.
No obtuvo más respuestas a pesar de todas las preguntas de rutina.
-Su majestad... si usted no me lo permite, no podré hacer nada.
Ella permanecía impasible. Se levantó. Salió y viajó tres años luz para ver si se relajaba. Se quedó suspendida al filo de un sistema solar cualquiera. Cuando regresó a su respectivo astro, se le veía más cansada. La tristeza de los ojos no se había disipado.
Su majestad moriría, pero no se vulneraría ante nadie. Que la enterraran con el traje de inmunidad de acero, fue su último decreto. Antes de que ella dejara escapar el último suspiro, el planeta entero guardó silencio.
sábado, 31 de julio de 2010
Nómada
R. transitaba el lugar de un lado a otro para caminar en los pasos la ansiedad. Buscó a alguien de entre todos ellos. Había una mujer que observaba todo sin emoción. Decidió que era la más indicada.
-Disculpe, dónde estoy.
La mujer lo miró.
-¿Perdón?
-Es que no sé dónde estoy ni tampoco si debería de estar ahí- Al decir esto, R. señaló las listas de admisión.
-Eso es imposible. ¿Cómo llegó?
A R. se le hizo un nudo en la garganta. Tenía la sensación de que no era la primera vez que se avergonzaba por no saber su nombre, ni su lugar, ni la manera de cómo había llegado a donde estaba. También tenía un vago recuerdo de haber aprendido a conservar la calma. La mujer se conmovió. R. tenía la mirada vidriosa y respiraba como si tratara de calmar las náuseas.
-¿Cómo se llama?- Preguntó con una naturalidad que se convirtió en espanto al ver la desolación en los ojos de R.
-¿No sabe su nombre?
A R. le rodaron las lágrimas y trataba de tragarse los sollozos pero tuvo que esconder la cara entre las manos. Ella le acarició el hombro, y afortunadamente, le dijo que llorara todo lo que quisiera. Entonces el llanto de R. se hizo cada vez más fuerte; sus sollozos se convirtieron en algo que parecía el viejo aullido de un perro. Ni siquiera sabía qué decir. Lo único que tenía y conocía era el desamparo. También tenía la sensación de que no era la primera vez que se sentía así. Cuando logró calmarse, lo llevaron a la delegación.
Después de una revisión médica en la que no pudo decir nada de sí ni del tiempo que había transcurrido, se buscó en los rostros de las actas de extravío y ausencia. Ante todas esas fotos se sintió como acompañado: esos seres humanos (no los de carne y hueso que se movían a su alrededor) también conocían el desasosiego que espanta toda oportunidad de cerrar los ojos con tranquilidad.
Fue trasladado al centro de atención a personas extraviadas y la angustia le demostró lo hábil que era para salir a buscar por sí mismo. Cuando alguien se escapaba, la apatía de los demás le protegía: ya eran muchos, no había espacio y a los más ancianos nadie los iría a buscar.
Tres meses después regresó de la misma manera: por su propio pie. Esta vez con la barba más larga, el cuerpo más sucio y el espíritu más débil. Lo que R. no habría visto a sus 68 años; afortunadamente para él, por más terrible que fuera, no quedaría nada de ello en su memoria.
Era martes. Sabía que era martes porque lo preguntaba constantemente. En cuanto se le olvidaba, volvía preguntar. Ese día llegó una mujer como de unos 35 años con un parecido irremediable en los ojos aceitunados, en la nariz aguileña, en la boca pequeña y en el desamparo de la mirada. Se quedó frente a él con un silencio que era el mudo testimonio de todas las sensaciones encontradas. Ni siquiera sabía lo que sentía por un hombre al que había dejado de ver hacía veinte años. Todo indicaba que su abandono no había sido voluntario, que el tiempo había hecho mella en su lánguido cuerpo, en su fragilidad de espíritu... en el conveniente olvido de su papel de padre de familia. Después de infinitos minutos pudo articular la primera palabra que hasta a ella misma le parecía inverosímil:
-¿Papá?
R. la miró con esperanza y extrañamiento a la vez. Entonces R. lloró cuando algo pareció iluminar su memoria. Ella tenía unas ganas infinitas de escuchar una pregunta que le ayudara a encontrar la palabra indicada para empezar a contar veinte años de ausencia. Y entonces, cuando él recobró el aliento, por fin pudo preguntar.
-Disculpe ¿Qué día es hoy?
lunes, 19 de julio de 2010
Al fondo a la derecha...
La búsqueda de la privacidad es un pequeño tesoro más valioso de lo que parece. Que usted se sienta traicionadamente acompañado cuando entra a un baño, a un clóset, a hurtadillas a una cocina, a un dormitorio (propio o ajeno) sin saber a quién culpar, tiene una razón de ser y esperamos que el descubrimiento de sus hondísimas conjeturas no le cause desvanecimiento alguno.
Por hoy, sólo le podemos proporcionar información sobre el cuarto de baño. De los otros rincones, nos reservamos el derecho de proporcionar datos después.
Lo que usted hace ahí, es fácil de deducir. Donde hay un excusado, la imaginación difícilmente llegará más allá de las necesidades fisiológicas que tenga que atender su cuerpo. Sin embargo, hay quien (como usted temía), conoce cada detalle: movimientos, esfuerzos, delitos, indecencias, urgencias, escondites, costumbres... En suma, todo lo que sucede, pero con una observación de filigrana abominable.
Lo primero que tiene que saber es que es del sexo femenino (el nombre no se lo diremos por temor a evocar este relato cada que conozca usted a una mujer llamada…). Antes de ser lo que ahora es, no podía reprimir ese comportamiento sexual poco habitual (parafilia le llaman los especialistas) que parecería tan inocente o al menos, inofensivo. Ella gustaba de mirarlo todo en ese lugar: los actos cotidianos de limpieza, los escatológicos sucesos después de los alimentos, los secretos inesperados de los más honorables... Es algo que nadie le pudo controlar. De pequeña se subía a las sillas, después lo hacía de puntas, hasta que alcanzó la altura más cómoda. Posteriormente, tuvo que encorvarse, dependiendo de la puerta en cuestión: las cerraduras, aunque incómodas, eran la mirilla a un placer que no se preocupaba por esconder. Mejor era no probar las nalgadas para darle un escarmiento (para qué despertar naturalezas propensas a la perversión). Sólo se le regañaba y se le quitaba del lugar reprobable en el que se acomodaba. Los años agudizaron sus impulsos y los comentarios más puritanos nunca sembraron vergüenza en su proceder. La privacidad de los otros (incluyendo la suya, carísimo lector, lamentamos decirlo) era algo que devoraba con los ojos como si tuviera hambre de placer ajeno.
Así, una madrugada después del espectáculo que involuntariamente le dio el abuelo, que andaba de visita, quedó absolutamente sorprendida. Ahora quería verlos todos. Todo y a todos. A todas también. Cada noche, mientras los otros rezaban por los familiares en desgracia, por la paz mundial o para aplacar angustias punzantes, ella pedía con desmedido fervor, poder verlo todo en aquél lugar en el que pasaba casi cualquier cosa. Lo deseaba con el corazón apretado y la esperanza de pie ante lo absurdo. Así pasaron algunos años, pero su espíritu era incansable.
Entonces sucedió. Soñó con una lluvia de imágenes de gente que entraba y salía. Una tras otra sin percatarse de su presencia. Gente de todas las razas, complexiones, tamaños, edades y géneros. Que nadie la despertara por favor. Que nadie la sacara de ahí, deseaba desde el sueño hecho realidad. Nadie volvió a decir su nombre por la mañana. En un momento se percató de que una mano iba hacia su cara. Pensó que estaba a punto de despertar, pero no. Sintió un torzón extraño, pero sin dolor. Luego otro, después otro y otro. Poco a poco, entendió lo que había sucedido (no sin sorpresa, por supuesto). Se acostumbró a girar a la derecha sin problema alguno. No tenía idea de cómo, pero lo había logrado. Estaba en todos los cuartos de baño al mismo tiempo. Nunca nadie la volvería a quitar de donde estaba. Al contrario, se encontraba ahí para resguardar de cualquier entrada intempestiva. También por supuesto, a veces la acompañaba otro trastornado que se le asomaba por el orificio de la cerradura para ver lo que ella presenciaba en silencio absoluto.
No se ruborice, estimado lector. Ella no le comentará nada a nadie, con contemplarle a usted en silencio, le es suficiente.
lunes, 5 de julio de 2010
Des(a)tino
−Dirás tu apellido cuando quieras que pare.
−¿Mi apellido?
−Sí.
−Eso es muy personal.
−Esa es mi regla.
−Preferiría decir algo más... menos mío.
−¿Entonces?
−Diré... rojo. Sí: diré rojo.
−¡Cuánta creatividad! Supongo que sabes lo que esto te va a costar.
Volveré a tratar de entender.
−Desobediencia.− comentará.
Respiraré hondo; no estaré seguro de seguir caminando hacia el lugar acordado. Me habrán dicho que todo estará como lo pedí, incluyéndola a ella.
Subiremos por el elevador. Ante la puerta 407 que me parecerá inmensa le confesaré:
−Tengo miedo.
−¿De?
−De que nada vuelva a ser igual.
Suspirará y aseverará satisfecha:
−Sí, esto no es igual, afortunadamente. De eso se trataba.
Entrará decidida y yo me quedaré en el umbral.
−Aún te puedes ir. No me sorprendería. Los cerdos son así.
Pensaré que no entendí sus últimas palabras.
−Sí, los cerdos como tú. Los ordinarios cerdos como tú.
Apretaré las mandíbulas. Entraré. Cerraré la puerta con cerrojo.
−Te pones este pañuelo en los ojos y luego te desnudas. Ya estás aquí. Solo te dirigirás a mí si yo hago preguntas. Lo que tengas que decir no me importa.
Sabré que algo así pasaría pero no estaré listo para escucharlo. No podré evitar cerrar los puños.
−No me gusta decir una orden dos veces, así que pon mucha atención...
Poco a poco dejaré de escuchar. Me costará creerlo. En mis oídos sólo entrarán como balazos las palabras cerdo, esclavo, insecto, perro, imbécil... Me dolerá algo. Sabré entonces que, en efecto, nada será igual. Me perturbará la sensación de estar completamente desnudo ante una mujer que no parará de insultarme, que querrá que me hinque, que me tomará de los cabellos para humillarme. Será demasiado. Yo habré sido hasta entonces un hombre ejemplar sin nada; futuro jefe de familia que después de haber cruzado esa puerta se convertiría en todo eso que ella decía. No podré entender ni querré hacerlo. Ella seguirá serpenteando insultos ante mi impavidez y entonces súbitamente se detendrá. Me dirá con amabilidad que no estoy listo. Me quitará el pañuelo de los ojos e intentará decirme algo, pero será demasiado tarde porque no soportaré la compasión; porque yo no podré vivir con la compasión de una mujer que se cree superior a mí. Apenas me ponga la mano en la espalda para darme unas palmaditas me sentiré como el estúpido más mezquino del mundo y sin pensarlo le daré con el puño en la cara. La inmovilizaré con el antebrazo en la garganta y ella pedirá auxilio. Le gritaré "¡Cuánta creatividad!". Le devolveré los insultos que me escupió mientras termino con la belleza de su finísimo rostro a golpes contra la pared. No podría hacerlo de frente porque sé que no toleraría su mirada. Intentará pedirme perdón pero el tronido de sus cervicales se escuchará primero. Me volveré a sorprender de su fragilidad. Desearé tener más ira pero me vencerá la impresión del desastre. Entonces me sentiré más desnudo que nunca. Me vestiré con dificultad porque me temblarán las manos. Saldré a toda prisa. Mientras camine presuroso me diré que yo no soy un perro ni un esclavo ni un insecto ni un cerdo ni un imbécil. Trataré de convencerme, pero entre más me lo repita, sabré que nunca había estado tan convencido de lo contrario.