Hay a quien las estadísticas no importan o afectan; aquellos para quienes los horizontes son más extensos que las malas noticias. Esos que parecen tener una aventajada negociación con el tiempo, o que tal vez han aprendido a exprimirlo todo a fuerza de tanta curiosidad. Personas que parecen torbellinos y que gustan de controlarlo todo desde el ojo del huracán.
Caro vive así: de un lado a otro, a toda velocidad, multiplicándose, dividiéndose, llenando a tope cada una de las horas que tiene el día. Caro es de la raza de los trepidantes, de los que cabalgan a brazo partido con sus dos trabajos y la carrera que se paga a sí misma en una escuela privada. Necesito presión, me dice. Eso no lo cuestiona nadie, de otro modo no habría manera de compartir la cotidianeidad y el techo con el hombre al que abraza y con dos amigos que le ayudan a amenizar el precio de la renta. Caro supo mover las montañas de la fatalidad y le dio por caminar sin escrúpulos, sin pretextos y sin prejuicios. Sin nubarrones de por medio.
Es de los sabios que saben amar los domingos porque cumple una jornada de siete horas de escuela seguida de otras cinco en el trabajo, a lo que se le añade el tiempo que hay que invertir a las tareas para el día siguiente. Nacida en el seno de una familia de mercadólogos, tiene el don para administrar las aspiraciones, las necesidades primarias y hasta el ocio porque, pese a todo, ha encontrado un lugar para ello.
Pareciera que su nacimiento auguraba su manera de transitar la vida: fue parida un lunes a las 6:05 am; como si hubiera sido dada a luz para abrirse paso el primer día de la semana desde temprano, para limpiarse el pesimismo, para levantar un imperio. Y así lo ha venido haciendo desde hace 23 años. Hay que mencionar que llegó en medio de la primavera; tal vez eso explica su naturaleza frondosa de caderas, la simplicidad de la risa y los múltiples colores en su sentido del humor.
Carolina se le ha sublevado al destino. Como nada le ha dado una prueba contundente de la existencia de Dios, tiene depositada su fe en todo lo que ella es capaz de hacer. Seguro que si Dios existe, está orgulloso de que algunos de sus hijos le dejen de echar la culpa del valle de lágrimas que cada uno se ha construido.
Aunque la quietud parece no tener un lugar en su amplísima mochila, el sueño es una trinchera de cinco horas de la que no puede prescindir para funcionar con los ojos bien abiertos y el espíritu vigilante.
Carolina Rivas Villegas es de las que estudia y trabaja; la némesis de los ninis que se pican los ojos para no llorar. Tiene bien clara la consigna de no mirar atrás para no convertirse en estatua de sal. Será por eso que le cabe tanta lontananza en la mirada.
sábado, 24 de septiembre de 2011
sábado, 17 de septiembre de 2011
Mirar con las puertas abiertas
¿Quién mira la cantidad de puertas que se atraviesan diariamente? Entradas y salidas para llegar o partir; lo importante es atender las necesidades del día. Las puertas, el transporte, los puestos de periódico, los baños públicos, los elevadores… todos son aleatorios, fortuitos, falibles, olvidables. Lugares de paso en los que permanecer no sólo es inconcebible, sino estorboso. Sin embargo, si uno se detiene, si uno mira con los ojos bien abiertos, se percatará de que hay quien tiene como misión permanecer ahí. Estar para las necesidades efímeras de los que vienen y se van. Están los que se quedan, los que abren y cierran. Ahí, donde uno ya no mira, hay alguien más.
Se llama Juan. Yo sé que se llama Juan pero pocos saben su nombre. Juan Sánchez Guzmán, para ser exactos. Lleva once años en la misma puerta de la misma institución. La gente entra y sale; él permanece. Algunos le dan el buenos días, hay quienes le sonríen; también están los que pasan de largo sin el mínimo de cortesía, esos que tienen el síndrome de yo soy el ombligo del mundo. Como sea, él siempre permanece amable, servicial, con la sonrisa cordial pero moderada. Su respuesta inmediata ante mi petición de entrevista fue: Dígame, profe. ¿En qué le puedo servir?
Juanito (como le digo por las mañanas al saludar) llegó a la ciudad a los 17 años. Dejó Costa Chica en Oaxaca. Cuando dice su lugar de nacimiento, sonríe y cruza los brazos. Entiendo entonces que me estoy metiendo a una intimidad y que debo ser tan respetuosa como precavida. Uno nunca sabe; todos tenemos las heridas como minas: escondidas en el subsuelo, enterradas desde hace mucho, algunas listas para estallar, otras que ya no son peligrosas para nadie.
Su jornada de trabajo es de ocho horas; dos son para la comida. En la primera, como, doy gracias a Dios y después leo. Me gusta la Biblia. La mujer con la que ahora comparte sus días es testigo de Jehová, pero Juan no tiene religión establecida, sin embargo sabe de fe. La tiene y con eso le basta.
Como miles de minúsculos capitalinos, la travesía para llegar al trabajo es de casi dos horas.
Huérfano de madre desde los tres años, hijo de un campesino, nieto de un ranchero que vivió hasta los 113, padre de tres hijos, casado dos veces, amante de las caminatas solitarias −el lugar es lo de menos, lo que importa es el recogimiento. Cuando le pregunté por una de sus experiencias más gratas en el Distrito Federal, lo único que dijo después de buscar en los 41 años que lleva aquí, fue: Ora sí me la pone difícil. Sin embargo, sonrió. Me volví a percatar entonces de que, efectivamente, Juan es un hombre de fe. De los que tienen la mirada transparente y la presencia discreta, de los que tienen la valentía intacta. De esos que valen su peso en oro; de los que llevan la honestidad en las palabras y en los ojos; de los invencibles.
Se llama Juan. Yo sé que se llama Juan pero pocos saben su nombre. Juan Sánchez Guzmán, para ser exactos. Lleva once años en la misma puerta de la misma institución. La gente entra y sale; él permanece. Algunos le dan el buenos días, hay quienes le sonríen; también están los que pasan de largo sin el mínimo de cortesía, esos que tienen el síndrome de yo soy el ombligo del mundo. Como sea, él siempre permanece amable, servicial, con la sonrisa cordial pero moderada. Su respuesta inmediata ante mi petición de entrevista fue: Dígame, profe. ¿En qué le puedo servir?
Juanito (como le digo por las mañanas al saludar) llegó a la ciudad a los 17 años. Dejó Costa Chica en Oaxaca. Cuando dice su lugar de nacimiento, sonríe y cruza los brazos. Entiendo entonces que me estoy metiendo a una intimidad y que debo ser tan respetuosa como precavida. Uno nunca sabe; todos tenemos las heridas como minas: escondidas en el subsuelo, enterradas desde hace mucho, algunas listas para estallar, otras que ya no son peligrosas para nadie.
Su jornada de trabajo es de ocho horas; dos son para la comida. En la primera, como, doy gracias a Dios y después leo. Me gusta la Biblia. La mujer con la que ahora comparte sus días es testigo de Jehová, pero Juan no tiene religión establecida, sin embargo sabe de fe. La tiene y con eso le basta.
Como miles de minúsculos capitalinos, la travesía para llegar al trabajo es de casi dos horas.
Huérfano de madre desde los tres años, hijo de un campesino, nieto de un ranchero que vivió hasta los 113, padre de tres hijos, casado dos veces, amante de las caminatas solitarias −el lugar es lo de menos, lo que importa es el recogimiento. Cuando le pregunté por una de sus experiencias más gratas en el Distrito Federal, lo único que dijo después de buscar en los 41 años que lleva aquí, fue: Ora sí me la pone difícil. Sin embargo, sonrió. Me volví a percatar entonces de que, efectivamente, Juan es un hombre de fe. De los que tienen la mirada transparente y la presencia discreta, de los que tienen la valentía intacta. De esos que valen su peso en oro; de los que llevan la honestidad en las palabras y en los ojos; de los invencibles.
martes, 6 de septiembre de 2011
El oficio de la tinta en la piel
Hay señales que el cuerpo trae de nacimiento; otras que con el paso del tiempo desaparecen o se acentúan. Están los rastros que dejan otros cuerpos, otros climas, algunas intervenciones para sanar lo que hay dentro o aquellas que son la imborrable huella de una caída, de algún objeto filoso, de algún accidente que se nos atravesó en el camino o que, literalmente, nos atraviesan en el camino.
Hay marcas que están por un tiempo; otras que se quedan con uno. Algunas que resultan un triunfo y en otros casos, motivos de vergüenza. Vestigios de lo que nos sucede; recuerdo inevitable que se niega a desaparecer.
Hay, sin embargo, otros signos distintivos que nosotros elegimos en su forma y contenido; con sus colores específicos y trazos gruesos o delgados; inteligibles al público en general o reservado para nosotros a manera de código secreto. Situados en lugares visibles o escondidos en los rincones propios de la intimidad.
Para ello están los dibujantes y escribanos del cuerpo; los que tienen por oficio el testimonio de la tinta en la piel. Tatuadores que desde el principio de los tiempos hemos necesitado para modificarnos.
Roy es uno de ellos. De pulso y precisión infalibles, de actitud relajada y con el cuerpo grueso poblado de paisajes y personajes alucinantes.
Aquí, en la ciudad de México, un día en que la casualidad estaba de su lado, mi querido Roy tuvo la suerte de ver entrar en su estudio a un hombre escoltado que le pidió un retrato del padrino en la espalda: un San Judas Tadeo. San Juditas, el santo de los casos imposibles y desesperados para que lo cuidara de las balas, que lo salvara de las emboscadas, que lo protegiera de los enemigos hijos de puta que pedían 30 grandes por su cabeza. Ante una petición así, imposible negarse.
-Está quedando rechula la carita del padrino, patrón- Decía el escolta que traía una mariconera Louis Vuitton guardiana de quién sabe qué cosas que seguro servían por si a alguien se le ocurría cantarles un tiro o sacarles una compañera bien cargada.
Como los machos, casi no se quejó. Atendía las llamadas de los tres celulares que sonaban.
-Negocios, m’ijo. Ya sabe.
Durante la sesión que duró cerca de dos horas, escuchó más de diez veces su corrido favorito. Y mi querido Roy, amante de las motocicletas y metalero de corazón que poco o nada sabe de corridos, nomás no acertó a decirme el nombre de tan significativa canción.
La indumentaria de su cliente era discreta pero cumplía con el cliché de las cadenas de oro de grosor inalcanzable, con la Santa Muerte y el santo antes mencionado por padrino e intercesor ante Dios nuestro señor.
La propina fue en dólares y para fortuna de Roy, el patrón quedó satisfecho. Le dijo que le llamara pa’ lo que necesitara sin dejarle número alguno.
Así esa noche, así la suerte, así el oficio. Así el peligro.
Hay marcas que están por un tiempo; otras que se quedan con uno. Algunas que resultan un triunfo y en otros casos, motivos de vergüenza. Vestigios de lo que nos sucede; recuerdo inevitable que se niega a desaparecer.
Hay, sin embargo, otros signos distintivos que nosotros elegimos en su forma y contenido; con sus colores específicos y trazos gruesos o delgados; inteligibles al público en general o reservado para nosotros a manera de código secreto. Situados en lugares visibles o escondidos en los rincones propios de la intimidad.
Para ello están los dibujantes y escribanos del cuerpo; los que tienen por oficio el testimonio de la tinta en la piel. Tatuadores que desde el principio de los tiempos hemos necesitado para modificarnos.
Roy es uno de ellos. De pulso y precisión infalibles, de actitud relajada y con el cuerpo grueso poblado de paisajes y personajes alucinantes.
Aquí, en la ciudad de México, un día en que la casualidad estaba de su lado, mi querido Roy tuvo la suerte de ver entrar en su estudio a un hombre escoltado que le pidió un retrato del padrino en la espalda: un San Judas Tadeo. San Juditas, el santo de los casos imposibles y desesperados para que lo cuidara de las balas, que lo salvara de las emboscadas, que lo protegiera de los enemigos hijos de puta que pedían 30 grandes por su cabeza. Ante una petición así, imposible negarse.
-Está quedando rechula la carita del padrino, patrón- Decía el escolta que traía una mariconera Louis Vuitton guardiana de quién sabe qué cosas que seguro servían por si a alguien se le ocurría cantarles un tiro o sacarles una compañera bien cargada.
Como los machos, casi no se quejó. Atendía las llamadas de los tres celulares que sonaban.
-Negocios, m’ijo. Ya sabe.
Durante la sesión que duró cerca de dos horas, escuchó más de diez veces su corrido favorito. Y mi querido Roy, amante de las motocicletas y metalero de corazón que poco o nada sabe de corridos, nomás no acertó a decirme el nombre de tan significativa canción.
La indumentaria de su cliente era discreta pero cumplía con el cliché de las cadenas de oro de grosor inalcanzable, con la Santa Muerte y el santo antes mencionado por padrino e intercesor ante Dios nuestro señor.
La propina fue en dólares y para fortuna de Roy, el patrón quedó satisfecho. Le dijo que le llamara pa’ lo que necesitara sin dejarle número alguno.
Así esa noche, así la suerte, así el oficio. Así el peligro.
domingo, 21 de agosto de 2011
Retrato de familia
Y un día, todos despertaron sin saber su nombre. Imposible saber los apellidos. Nadie se parecía a nadie porque todos se habían acostado con todos. Tal vez por eso les dieron ganas de sacarse los ojos y arrancarse las lenguas. Nunca tuvieron entusiasmo para conversar, pero maldecir parecía ser un talento del que hacían gala a la menor provocación.
Cuidado con el que intentara irse. Aquí no había lugar para los renegados, pero eso no implicaba que tuvieran derecho a un espacio mejor. Si no era aquí, tampoco sería allá, aullaban.
Hijos todos del mismo rencor; atormentados todos por el mismo llanto. Sin padre ni madre. Sin hermanos. Sin motivos. Sin abrazos consanguíneos. La sangre estaba en otra parte y no era señal de linaje; sólo se trataba de cicatrices sin cerrar.
Estaban los que habían decidido dejar de reproducirse para acabar con la peste. Estaban los que no paraban de escupir saliva y semen por todas partes. Como sea, a todos les tocaba su porción de escozor e incertidumbre. A todos les tocaba la misma verdad: salvarse a toda costa. Escapar. El problema era el método. Quién sabe cómo, quién sabe por qué, seguían usando los dientes. Si nadie había nacido caníbal. Si a nadie le gustaba tragarse las vísceras de sus semejantes. Y quién sabe por qué, parecía que nadie sabía cómo evitarlo. Lo único que sabían hacer de distinta manera, era llorar.
Cuidado con el que intentara irse. Aquí no había lugar para los renegados, pero eso no implicaba que tuvieran derecho a un espacio mejor. Si no era aquí, tampoco sería allá, aullaban.
Hijos todos del mismo rencor; atormentados todos por el mismo llanto. Sin padre ni madre. Sin hermanos. Sin motivos. Sin abrazos consanguíneos. La sangre estaba en otra parte y no era señal de linaje; sólo se trataba de cicatrices sin cerrar.
Estaban los que habían decidido dejar de reproducirse para acabar con la peste. Estaban los que no paraban de escupir saliva y semen por todas partes. Como sea, a todos les tocaba su porción de escozor e incertidumbre. A todos les tocaba la misma verdad: salvarse a toda costa. Escapar. El problema era el método. Quién sabe cómo, quién sabe por qué, seguían usando los dientes. Si nadie había nacido caníbal. Si a nadie le gustaba tragarse las vísceras de sus semejantes. Y quién sabe por qué, parecía que nadie sabía cómo evitarlo. Lo único que sabían hacer de distinta manera, era llorar.
miércoles, 17 de agosto de 2011
Tuya
Le dejo a mis ojos mi necesidad de mirar y a mis manos la ansiedad de tomar. De tomarte. De arriba abajo.
Le dejo a mi boca la tarea de las palabras correctas y los retoños de mis besos. Para mí es importante besar; dejarte algo de mis labios por todos lados.
Miro más allá de las montañas: alcanzo a ver las estrellas que se te quedaron atrapadas en los ojos. Alcanzo a ver el amanecer de tus dudas y de tus certezas.
Le dejo a mis brazos la habilidad de atrapar en el aire los deseos que no le dices a nadie.
Te dejo mi cariño que crece como enredadera: sube, rodea, abraza, colorea, decora, humedece, absorbe y oxigena.
Te dejo mis ojos cerrados con todo y sonambulismo.
Le dejo a mis alas la tarea de llevarte conmigo. Cuando quieras te puedes bajar. Por lo pronto, mientras estés acá, te prodigo mis arrumacos y te doy el amor de cerca, de lejos y por escrito.
Le dejo a mi boca la tarea de las palabras correctas y los retoños de mis besos. Para mí es importante besar; dejarte algo de mis labios por todos lados.
Miro más allá de las montañas: alcanzo a ver las estrellas que se te quedaron atrapadas en los ojos. Alcanzo a ver el amanecer de tus dudas y de tus certezas.
Le dejo a mis brazos la habilidad de atrapar en el aire los deseos que no le dices a nadie.
Te dejo mi cariño que crece como enredadera: sube, rodea, abraza, colorea, decora, humedece, absorbe y oxigena.
Te dejo mis ojos cerrados con todo y sonambulismo.
Le dejo a mis alas la tarea de llevarte conmigo. Cuando quieras te puedes bajar. Por lo pronto, mientras estés acá, te prodigo mis arrumacos y te doy el amor de cerca, de lejos y por escrito.
viernes, 8 de julio de 2011
Día cero
Camino y me pregunto si ésta que camina soy yo. Ésta: la de raíces gruesas y enterradas en lo más profundo de su selva de asfalto. Apenas puedo creer que levantaré toda mi corteza y que echaré a andar por caminos que siempre he -literalmente- soñado, visto en pantalla e imaginado. Caminos que podré oler y palpar con toda mi sedentaria naturaleza.
¿Esta soy yo? Me detengo. Entonces cierro los ojos y me siento como en pausa. El mundo a mi alrededor sigue su curso y esta vez detendré mi vida por completo para cambiar un rato de camino, de espacio, de tiempo, de colores.
Tengo ganas de llorar. Trago saliva. Me abandono al llanto que no puedo explicar. Quisiera tener las palabras y me percato de mi pequeñez. Mañana estaré allá arriba durante once horas. Me convierto en mi propia bocanada de aire para no morir. Vuelo dentro de mí misma y no lo puedo explicar.
Por supuesto todo está listo. Milimétricamente listo. Y yo que me quiero ir a enjuagar el síndrome de la simetría.
Escribo. Escribo, escribo, escribo, escribo. Escribo porque no puedo hacer otra cosa. Porque en estos estados de espíritu cimbrado no sé hacer más. Testimonio de ello son todos los diarios que datan de hace más de quince años.
También me siento como llena de cariño. Será porque la gente que me ha dado de abrazos no es poca. También me siento como en un estado radiante de querencia. No está de más decir que agradezco sus minutos de lectura aquí conmigo, aguantándome las preguntas y el llanto.
No está de más decir que los quiero.
Con todo mi apretado corazón:
Lou...
¿Esta soy yo? Me detengo. Entonces cierro los ojos y me siento como en pausa. El mundo a mi alrededor sigue su curso y esta vez detendré mi vida por completo para cambiar un rato de camino, de espacio, de tiempo, de colores.
Tengo ganas de llorar. Trago saliva. Me abandono al llanto que no puedo explicar. Quisiera tener las palabras y me percato de mi pequeñez. Mañana estaré allá arriba durante once horas. Me convierto en mi propia bocanada de aire para no morir. Vuelo dentro de mí misma y no lo puedo explicar.
Por supuesto todo está listo. Milimétricamente listo. Y yo que me quiero ir a enjuagar el síndrome de la simetría.
Escribo. Escribo, escribo, escribo, escribo. Escribo porque no puedo hacer otra cosa. Porque en estos estados de espíritu cimbrado no sé hacer más. Testimonio de ello son todos los diarios que datan de hace más de quince años.
También me siento como llena de cariño. Será porque la gente que me ha dado de abrazos no es poca. También me siento como en un estado radiante de querencia. No está de más decir que agradezco sus minutos de lectura aquí conmigo, aguantándome las preguntas y el llanto.
No está de más decir que los quiero.
Con todo mi apretado corazón:
Lou...
lunes, 27 de junio de 2011
Las distancias pantagruélicas
Había una serie de testimonios que Regina no podía ignorar: fotos, correos, boletos de tren, las etiquetas en las maletas, los souvenirs, los libros que sólo se conseguían allá, los condimentos para recordar los sabores del viejo mundo.
Sí, ahí estaba todo eso, pero le faltaba algo. Revisó todo varias veces: los documentos, las prendas, los enseres de limpieza, el diario. Para colmo traía torcido el sueño y de día era un zombie hambriento de descanso. De noche se convertía en frenética obsesiva de la limpieza de su departamento; celadora de su propia memoria que hacía un recuento detallado de los pocos días que había estado explorando. Pero lo que nunca podía apartar de sí era ese hueco por donde se le filtraba la concentración. La ansiedad creció y se alimentaba de la terrible sensación de nunca haber aterrizado en algún lugar: ni allá ni acá. Eso pensaba la Regina de acá.
La Regina de allá se había perdido en la boca bestial del aeropuerto en París. Demasiada gente, demasiadas puertas, demasiadas flechas, demasiadas voces, demasiadas maletas, demasiadas razas. La Regina de allá, ni siquiera había llegado a Roma. Seguía tratando de encontrar la terminal que decía el boleto.
La Regina de más allá se había quedado prendada del Renacimiento que seguía hirviendo en Florencia. Se habrá quedado bañada en la luz de alguna catedral, en la contemplación infinita e inevitable de algún Botticeli, en la esquina de algún Miguel Ángel, en la desnudez de algún Tiziano, en la virginidad de algún Rafael o en los ojos de un Napolitano sin nombre.
La Regina del principio seguía con unas ganas voraces de conocer el Coliseo hasta la más pequeña de sus grietas.
Regina estaba desperdigada por acá y aculla. Al cuerpo le bastan doce horas para atravesar el mar, pero el espíritu no puede viajar a la velocidad de los 630 kilómetros por hora que alcanza el avión. Necesita detenerse y estar.
Ahora quién sabe cuánto tiempo tenía que esperar Regina a que llegaran sus otras porciones de sí misma. Hasta que eso suceda -tal vez hasta entonces- la belleza y la monumentalidad de las que fue testigo, puedan volver a iluminarle el alma.
Sí, ahí estaba todo eso, pero le faltaba algo. Revisó todo varias veces: los documentos, las prendas, los enseres de limpieza, el diario. Para colmo traía torcido el sueño y de día era un zombie hambriento de descanso. De noche se convertía en frenética obsesiva de la limpieza de su departamento; celadora de su propia memoria que hacía un recuento detallado de los pocos días que había estado explorando. Pero lo que nunca podía apartar de sí era ese hueco por donde se le filtraba la concentración. La ansiedad creció y se alimentaba de la terrible sensación de nunca haber aterrizado en algún lugar: ni allá ni acá. Eso pensaba la Regina de acá.
La Regina de allá se había perdido en la boca bestial del aeropuerto en París. Demasiada gente, demasiadas puertas, demasiadas flechas, demasiadas voces, demasiadas maletas, demasiadas razas. La Regina de allá, ni siquiera había llegado a Roma. Seguía tratando de encontrar la terminal que decía el boleto.
La Regina de más allá se había quedado prendada del Renacimiento que seguía hirviendo en Florencia. Se habrá quedado bañada en la luz de alguna catedral, en la contemplación infinita e inevitable de algún Botticeli, en la esquina de algún Miguel Ángel, en la desnudez de algún Tiziano, en la virginidad de algún Rafael o en los ojos de un Napolitano sin nombre.
La Regina del principio seguía con unas ganas voraces de conocer el Coliseo hasta la más pequeña de sus grietas.
Regina estaba desperdigada por acá y aculla. Al cuerpo le bastan doce horas para atravesar el mar, pero el espíritu no puede viajar a la velocidad de los 630 kilómetros por hora que alcanza el avión. Necesita detenerse y estar.
Ahora quién sabe cuánto tiempo tenía que esperar Regina a que llegaran sus otras porciones de sí misma. Hasta que eso suceda -tal vez hasta entonces- la belleza y la monumentalidad de las que fue testigo, puedan volver a iluminarle el alma.
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