jueves, 22 de marzo de 2012

Amanecer

Conozco la tempestad. La conozco porque he terminado empapada y hecha pedazos en la mitad de la nada. Sé que ante ella lo único que le queda a uno es sobrevivir. Así abro los ojos en la madrugada y empiezo la jornada con la vida encima.
Un café. Dos cafés. Inhalar.
Me tallo los ojos para sacudir la arena que se me quedó en la última tormenta en la que luché cuerpo a cuerpo con las monstruosas obligaciones de mil cabezas.
Entonces, sucede: llegas y llenas mi cama con los cascabeles de tu sonrisa. Toda yo me convierto en un rincón: en el tuyo. Me doy cuenta de que ese es el momento en que verdaderamente ha acabado la noche y sucede el día, de que no se me han acabado las fuerzas, de que vale la pena volver a empezar.

viernes, 20 de enero de 2012

Por todos lados

De repente siento que tengo tu nombre por todos lados; como si todo el tiempo escuchara tu voz. Como si pudiera burlar cualquier distancia.
La calamidad me sucede y sé que en alguno de tus rincones me puedo esconder. También me puedo sembrar y después ponerme a crecer. Germinar en tus brazos.
También me gusta pensar que así, de alguna manera, te pongo a salvo. No sé de qué; tampoco de quiénes. Con que aquí te quedes y te mojes los pies en el agua de estas orillas, está bien.
Con eso.

Cariño a quien cariño merece

Miguel siempre fue gordo. Muy gordo. A mí me gustaba que fuera gordo porque así me podía acostar sobre su enorme panza y abrazarla. Miguel era inabarcable. Cuando jugábamos a las escondidas él asumía que lo encontraría muy rápido porque le asomaba su maravillosa panza entre las cortinas; sin embargo, por más que buscaba sentía que él hacía magia porque yo no lo podía encontrar. Entonces se me llenaban los ojos de agua porque tenía miedo de que hubiera desaparecido y no sabría la manera hacerlo regresar. Cuando estaba a punto de llorar, él me decía: “Ya, Luri. Aquí estoy”. Entonces yo corría a su panza para abrazarlo. Y lo apretaba mucho, mucho, mucho. Lo apretaba mucho porque siempre lo he querido así: mucho.

miércoles, 11 de enero de 2012

No de ti

Me puedo cansar de la rutina o de la jornada o de las noches que me paso frente a los pendientes. Me puedo cansar de los pretextos del mundo, de las canciones inevitables, de los espacios de siempre, del tráfico de todos los días...
Me puedo cansar de todo pero no de ti. No de tus ojos que tienen la virtud de la sonrisa ni de tu voz que me hace revolotear. No de tus manos que me convierten en mariposa y me enseñaron a volar.
Si lloro, si me enojo, si me confundo, si cierro los ojos no es por ti; es porque las cosas me cansan y me rebasan. Si sonrío, si me vuelvo a asomar, si me pongo a cantar es porque he aprendido a convertirme en abeja, en cascada, en nube, en reptil.
Todo eso ya lo sabía pero desde que llegaste aprendí a perfeccionar el buen arte de abrazar con cariño por las mañanas, de considerar otros sabores en mis viandas, de cocinar para comer acompañada. De querer.

sábado, 31 de diciembre de 2011

Lupita y la lección de todos los días

Lupita Yañez, mejor conocida entre los suyos como Pi, tiene las ideas como el corazón: a la izquierda. Es maestra de primaria desde hace 36 años y terapista del lenguaje desde hace 17. Pi sabe de política, del amor, del dominó, de la pobreza, del matrimonio, del divorcio, de tequilas; de lo que se puede saber después de haber vivido 53 años.
La vocación de la docencia que la ha determinado no fue una elección suya sino de su madre. En ese entonces la pobreza era mucha y las opciones muy restringidas. A su hermana mayor le tocó ser secretaria y a la de en medio, trabajadora social. Todas cedieron a la decisión de esa madre que siempre ha tenido un instinto implacable. En lo que respecta a sus destinos, las elecciones fueron asertivas.
Cuando llegó a este mundo, Lupita le cambiaría la jugada a su señora madre quien había ahorrado hasta el último centavo durante el embarazo para poder descansar un tiempo después de dar a luz; sin embargo, y casi como una mañosa jugada del destino, las contracciones empezaron afuera de un carísimo hospital privado.
Al parecer, desde siempre, las aulas fueron labrando su destino: cuando niña vivió en una escuela en la que su mamá era intendente. Desde entonces, le fueron familiares el sonido de la tiza, los libros abiertos, los recreos llenos de gritos y corretizas, los timbres que delimitan la jornada.
Si de algo puede estar orgullosa Lupita, es de la cantidad de niños que con ella aprendieron a leer y a escribir. Desde las escuelas públicas con sus 50 alumnos por grupo hasta las privadas de colegiaturas estratosfércias. A todos les enseñó no sólo los códigos fundamentales de la lengua: les enseñó de la historia las huellas, de las matemáticas las armas para el día a día y esas otras cosas que se aprenden con el ejemplo de vida.
Como terapista del lenguaje el reto más grande siempre ha sido hacer hablar a los sordos: sacarlos del submundo del silencio para hacerles exteriorizar de viva voz la carga de las palabras y construir así los significados.
A pesar de todos los años, a pesar de todas las semanas de lunes a viernes, lo más difícil sigue siendo hacerle caso al despertador sin hacerlo pedazos y levantarse temprano. Lo más sencillo es enseñar; lo más detestable, la burocratización de la docencia que cada año se enfrenta a papeleos y requisitos que le ponen baches a la vocación. Hay quienes, como Lupita, que no pierden el brillo en los ojos para dar nuevamente la lección.
Después de los paisajes parisinos, las legendarias casacadas canadienses y los colores de Costa Rica, está segura que este es el lugar que debe y le gusta habitar.
Ahora está profundamente enamorada del bullicio del Distrito Federal, de un fotógrafo que le sigue el paso y la alegría en las parrandas. Lo mismo canta, baila, lee, estudia, besa, escucha y, ahora, hasta cocina.
Lupita cabalga la vida con gusto y esperanza, por eso –creo yo– nunca dejará de marchar y enseñar.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Réquiem

Vine a despedirme por escrito. Así hago cuando no entiendo. Así hago porque es lo único que puedo hacer.
Vete tranquilo. Hace mucho te vi naufragar en la marea de confusiones tuyas, mías, de otros. Entonces nos sucedió la distancia. Nos sucedió el silencio. Y así, cada uno se fue a atender sus asuntos, sus pendientes, sus prioridades, sus desperdicios y su podredumbre. En ese camino nos encontramos poco. Como siempre terminaba percudida, preferí cerrar todas las puertas y las ventanas. Que la luz se quedara aquí conmigo. Que no se me fuera a acabar el aire. Que no se me fuera a salir la valentía. Que no se me me escapara el sentido común que tú siempre tenías perdido. Entonces construí un castillo de puros muros. Impenetrable. Para que no entraras, para que perdieras las fuerzas en el camino por si lo intentabas. Lo logré. Hoy tengo que tirarlo todo.
Entonces, cuando ya no estás me doy cuenta de que, no sé cómo, ya estabas adentro. No sé en qué calabozo. No sé en qué coordenadas de mi tierra infinita, pero estás. En otras circunstancias te hubiera desterrado... Pero ya lo hice una vez y creo no sirvió de mucho.
Mi silencio es mi dolor. No tengo la certeza de lo que callo; tampoco de lo que duele. Supongo que es inevitable.
Cuánto escombro. Cuánto escollo. Cuánto tiempo. Cuánta oscuridad. Cuánto laberinto construido a fuerza de sobrevivir. Cuánto musgo. Cuánta humedad. Cuánta destrucción. Cuánto por levantar. Cuánto.
Hoy yo tampoco tengo ganas de levantarme y andar. Eres más afortunado de lo que imaginas.
Adiós, padre.
Que Dios te bendiga.
Descansa en paz.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Tortugas


Ilustración de "Tortugas". Por el maestro Siddartha Babbi