Lo bueno es que los árboles me hablan. Me hablan y me dicen todo lo que no me dijo mi padre. Se mueven con el viento y siempre tienen algo que decir: que hace frío, que abra bien los ojos, que escuche con atención, que sea prudente, que mire a la gente desde donde estoy.
Los árboles me cantan siempre tonadas diferentes que nadie puede tararear. Se deshojan y se llenan de frutos.
Los árboles esperan. A veces a solas; a veces con las ramas en flor.
Lo árboles dan abrazos de padre y uno los debe cuidar como hijos y verlos crecer como quisiera crecer uno mismo.
De repente me doy cuenta de que los árboles son mi padre; que saben su nombre. Entonces no me queda más que el asombro y la bondad. Cierro los ojos y me doy cuenta que tal vez -tal vez- no lo hizo del todo mal.
lunes, 23 de abril de 2012
sábado, 7 de abril de 2012
Como el cielo
A veces me siento como hecha de papel arroz; como escrita en blanco. A veces me pasa que salgo a la calle y camino los pasos estipulados para llegar a mi destino, pero no siempre encuentro lo que se supone que ahí debiese de estar.
A veces respiro sin aire.
A veces me salen raíces y ya no puedo salir corriendo.
Entonces cierro los ojos y me concentro. Pienso que sólo es una de esas veces; que no sucede siempre. Que los derrumbes son necesarios y que la palabra infalible no siempre está en el repertorio de mis trucos más arriesgados.
Y así, como a veces le pasa al cielo, me pongo a llorar.
A veces respiro sin aire.
A veces me salen raíces y ya no puedo salir corriendo.
Entonces cierro los ojos y me concentro. Pienso que sólo es una de esas veces; que no sucede siempre. Que los derrumbes son necesarios y que la palabra infalible no siempre está en el repertorio de mis trucos más arriesgados.
Y así, como a veces le pasa al cielo, me pongo a llorar.
miércoles, 4 de abril de 2012
La vida
Me detengo. Tengo que salir. El calor aquí me está devorando. Salgo y de a poco me pega la vida en la cara: el aire que me roza, los pasos que camino, un anciano que anda lento al otro lado de la acera, las ramas de los árboles que tienen una conversación secreta con el viento, el pacto ineludible que tiene el olor de las cafeterías con el recuerdo del café italiano.
Así, sin más, la vida me pega a la cara. Me pega con su temperatura que me devuelve las ganas de abrir los ojos, de abrir las palmas, de abrirme toda. Entonces me doy cuenta de súbito que es primavera. Que en medio de las obligaciones que me tienen rehén en el espacio en el que trabajo a ritmo de urgencias galopantes y ajenas, me doy cuenta en un instante de que es primavera... Seguramente por eso me convierto en flor cada que me besan. Seguramente por eso siento que necesito salir del capullo de mi casa y ponerme a revolotear en las calles.
Así, sin más, este único instante que tengo es la vida: las ganas de escribir cuando más falta me hace la poesía; las ganas de dejar aquí, sin estructuras ni lineamientos establecidos, lo que miran mis ojos, lo que prueba mi boca, lo que acarician estas manos, lo que desean estos brazos, lo que aprietan estas piernas, lo que late en este pecho mío y que retumba... que me obliga a detenerme y a salir.
Sigo caminando y me detengo ante un perro viejo que me mira a los ojos. Me dan ganas de llorar. Sigo caminando y escucho las palabras que atraviesan el parque y las palmeras para llegar hasta mí: palabras sueltas libres de significado dichas con entusiasmo, palabras con un dueño que quién sabe dónde está. Palabras que ahora son mías.
Dejo entonces de ser un cadáver andante movido por los hilos de la obligación. Me salen alas. Me salen alas y puedo escribir. Puedo volver a escribir que la vida me pega en la cara. Que eso es lo verdaderamente importante.
Que eso es lo que nunca se me debe olvidar.
Así, sin más, la vida me pega a la cara. Me pega con su temperatura que me devuelve las ganas de abrir los ojos, de abrir las palmas, de abrirme toda. Entonces me doy cuenta de súbito que es primavera. Que en medio de las obligaciones que me tienen rehén en el espacio en el que trabajo a ritmo de urgencias galopantes y ajenas, me doy cuenta en un instante de que es primavera... Seguramente por eso me convierto en flor cada que me besan. Seguramente por eso siento que necesito salir del capullo de mi casa y ponerme a revolotear en las calles.
Así, sin más, este único instante que tengo es la vida: las ganas de escribir cuando más falta me hace la poesía; las ganas de dejar aquí, sin estructuras ni lineamientos establecidos, lo que miran mis ojos, lo que prueba mi boca, lo que acarician estas manos, lo que desean estos brazos, lo que aprietan estas piernas, lo que late en este pecho mío y que retumba... que me obliga a detenerme y a salir.
Sigo caminando y me detengo ante un perro viejo que me mira a los ojos. Me dan ganas de llorar. Sigo caminando y escucho las palabras que atraviesan el parque y las palmeras para llegar hasta mí: palabras sueltas libres de significado dichas con entusiasmo, palabras con un dueño que quién sabe dónde está. Palabras que ahora son mías.
Dejo entonces de ser un cadáver andante movido por los hilos de la obligación. Me salen alas. Me salen alas y puedo escribir. Puedo volver a escribir que la vida me pega en la cara. Que eso es lo verdaderamente importante.
Que eso es lo que nunca se me debe olvidar.
jueves, 22 de marzo de 2012
Amanecer
Conozco la tempestad. La conozco porque he terminado empapada y hecha pedazos en la mitad de la nada. Sé que ante ella lo único que le queda a uno es sobrevivir. Así abro los ojos en la madrugada y empiezo la jornada con la vida encima.
Un café. Dos cafés. Inhalar.
Me tallo los ojos para sacudir la arena que se me quedó en la última tormenta en la que luché cuerpo a cuerpo con las monstruosas obligaciones de mil cabezas.
Entonces, sucede: llegas y llenas mi cama con los cascabeles de tu sonrisa. Toda yo me convierto en un rincón: en el tuyo. Me doy cuenta de que ese es el momento en que verdaderamente ha acabado la noche y sucede el día, de que no se me han acabado las fuerzas, de que vale la pena volver a empezar.
Un café. Dos cafés. Inhalar.
Me tallo los ojos para sacudir la arena que se me quedó en la última tormenta en la que luché cuerpo a cuerpo con las monstruosas obligaciones de mil cabezas.
Entonces, sucede: llegas y llenas mi cama con los cascabeles de tu sonrisa. Toda yo me convierto en un rincón: en el tuyo. Me doy cuenta de que ese es el momento en que verdaderamente ha acabado la noche y sucede el día, de que no se me han acabado las fuerzas, de que vale la pena volver a empezar.
viernes, 20 de enero de 2012
Por todos lados
De repente siento que tengo tu nombre por todos lados; como si todo el tiempo escuchara tu voz. Como si pudiera burlar cualquier distancia.
La calamidad me sucede y sé que en alguno de tus rincones me puedo esconder. También me puedo sembrar y después ponerme a crecer. Germinar en tus brazos.
También me gusta pensar que así, de alguna manera, te pongo a salvo. No sé de qué; tampoco de quiénes. Con que aquí te quedes y te mojes los pies en el agua de estas orillas, está bien.
Con eso.
La calamidad me sucede y sé que en alguno de tus rincones me puedo esconder. También me puedo sembrar y después ponerme a crecer. Germinar en tus brazos.
También me gusta pensar que así, de alguna manera, te pongo a salvo. No sé de qué; tampoco de quiénes. Con que aquí te quedes y te mojes los pies en el agua de estas orillas, está bien.
Con eso.
Cariño a quien cariño merece
Miguel siempre fue gordo. Muy gordo. A mí me gustaba que fuera gordo porque así me podía acostar sobre su enorme panza y abrazarla. Miguel era inabarcable. Cuando jugábamos a las escondidas él asumía que lo encontraría muy rápido porque le asomaba su maravillosa panza entre las cortinas; sin embargo, por más que buscaba sentía que él hacía magia porque yo no lo podía encontrar. Entonces se me llenaban los ojos de agua porque tenía miedo de que hubiera desaparecido y no sabría la manera hacerlo regresar. Cuando estaba a punto de llorar, él me decía: “Ya, Luri. Aquí estoy”. Entonces yo corría a su panza para abrazarlo. Y lo apretaba mucho, mucho, mucho. Lo apretaba mucho porque siempre lo he querido así: mucho.
miércoles, 11 de enero de 2012
No de ti
Me puedo cansar de la rutina o de la jornada o de las noches que me paso frente a los pendientes. Me puedo cansar de los pretextos del mundo, de las canciones inevitables, de los espacios de siempre, del tráfico de todos los días...
Me puedo cansar de todo pero no de ti. No de tus ojos que tienen la virtud de la sonrisa ni de tu voz que me hace revolotear. No de tus manos que me convierten en mariposa y me enseñaron a volar.
Si lloro, si me enojo, si me confundo, si cierro los ojos no es por ti; es porque las cosas me cansan y me rebasan. Si sonrío, si me vuelvo a asomar, si me pongo a cantar es porque he aprendido a convertirme en abeja, en cascada, en nube, en reptil.
Todo eso ya lo sabía pero desde que llegaste aprendí a perfeccionar el buen arte de abrazar con cariño por las mañanas, de considerar otros sabores en mis viandas, de cocinar para comer acompañada. De querer.
Me puedo cansar de todo pero no de ti. No de tus ojos que tienen la virtud de la sonrisa ni de tu voz que me hace revolotear. No de tus manos que me convierten en mariposa y me enseñaron a volar.
Si lloro, si me enojo, si me confundo, si cierro los ojos no es por ti; es porque las cosas me cansan y me rebasan. Si sonrío, si me vuelvo a asomar, si me pongo a cantar es porque he aprendido a convertirme en abeja, en cascada, en nube, en reptil.
Todo eso ya lo sabía pero desde que llegaste aprendí a perfeccionar el buen arte de abrazar con cariño por las mañanas, de considerar otros sabores en mis viandas, de cocinar para comer acompañada. De querer.
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