Quisiera saber un poco más del silencio. Aprender más del asunto de callarse la boca, la cabeza, los brazos y las promesas.
Saber detenerse no es una habilidad; es un acto para el que se necesitan muchas pruebas de ensayo y error. Y yo que siempre me equivoco. Yo que siempre termino diciéndolo todo; como si las palabras fueran ráfagas de voz tratando de multiplicarse entre las vocales y las consonantes que en el trayecto buscan su lugar. Yo que me tardo tanto en aprender. Yo que grito todos los nombres posibles para ver si encuentro el que le pertenece a las cosas del mundo: a la injusticia, a la divinidad, a los besos, a los atentados, a las cascadas, a los pájaros... Yo que en este intento de nombrarlo todo termino acorralada entre definiciones y conceptos que no hallo cómo acomodar. Y todo por no saber detenerme. Todo por no querer esperar. Todo por tener el espíritu apresurado.
Pausa.
Lo intentaré de nuevo.
Quisiera saber un poco más del silencio.
Quisiera saber un poco más.
Quisiera saber.
Quisiera.
Silencio.
jueves, 17 de mayo de 2012
lunes, 14 de mayo de 2012
Arrebatada
A veces quisiera decírtelo todo de golpe, pero me da miedo.
A veces no sé salir de este silencio que contiene todo el cariño, todo el deseo, toda la furia, todo tu nombre y todo lo que no entiendo.
Casi siempre tengo la brújula perdida y la noche inminente. Lo bueno es que tienes bondad de luciérnaga y entonces yo sé por dónde caminar.
Casi nunca tengo las certezas en su lugar. Soy desordenada con el asunto de andar soñando.
Soy una loca con los abrazos y casi siempre aprieto de más. Afortunadamente naciste a prueba de infiernos y sabes esperar. Sabes mirar a los ojos, sabes cantar en silencio, sabes dibujar corderos, sabes hacerme campos de trigo, sabes desenredarme el cabello, sabes descifrar las coordenadas que yo no entiendo, sabes desarmarme la ira, sabes dejarme correr.
Sin saberlo sabes de mí lo que yo apenas empiezo a saber. Lo que yo no había visto ni previsto.
Ahora puedo cerrar los ojos y entender sin tener que explicar nada. Sólo tengo que recordar que la luciérnaga eres tú.
A veces no sé salir de este silencio que contiene todo el cariño, todo el deseo, toda la furia, todo tu nombre y todo lo que no entiendo.
Casi siempre tengo la brújula perdida y la noche inminente. Lo bueno es que tienes bondad de luciérnaga y entonces yo sé por dónde caminar.
Casi nunca tengo las certezas en su lugar. Soy desordenada con el asunto de andar soñando.
Soy una loca con los abrazos y casi siempre aprieto de más. Afortunadamente naciste a prueba de infiernos y sabes esperar. Sabes mirar a los ojos, sabes cantar en silencio, sabes dibujar corderos, sabes hacerme campos de trigo, sabes desenredarme el cabello, sabes descifrar las coordenadas que yo no entiendo, sabes desarmarme la ira, sabes dejarme correr.
Sin saberlo sabes de mí lo que yo apenas empiezo a saber. Lo que yo no había visto ni previsto.
Ahora puedo cerrar los ojos y entender sin tener que explicar nada. Sólo tengo que recordar que la luciérnaga eres tú.
jueves, 26 de abril de 2012
Réquiem para un bosque
A veces siento que el mundo me gana. Que la bondad no alcanza. Que mi lugar es diminuto. Que tengo una brújula pero que por momentos no entiendo el código de los puntos cardinales.
Como si la valentía que tengo no me alcanzara para tejer un bosque entero; como si esta espuma de sueños no fuera suficiente para todo el mar.
Entonces me callo para escuchar. También me pasa que me maravillo y que sonrío. Que me despierto afortunada y completa. Que toda yo soy como tierra mojada lista para las semillas.
Es solo que pareciera que siempre habrá incendios y quedo hecha miles de hectáreas quemadas de tristeza. Con la ceniza por todos los rincones y, otra vez, tengo que volver a empezar.
Como si la valentía que tengo no me alcanzara para tejer un bosque entero; como si esta espuma de sueños no fuera suficiente para todo el mar.
Entonces me callo para escuchar. También me pasa que me maravillo y que sonrío. Que me despierto afortunada y completa. Que toda yo soy como tierra mojada lista para las semillas.
Es solo que pareciera que siempre habrá incendios y quedo hecha miles de hectáreas quemadas de tristeza. Con la ceniza por todos los rincones y, otra vez, tengo que volver a empezar.
lunes, 23 de abril de 2012
Deshojada
Lo bueno es que los árboles me hablan. Me hablan y me dicen todo lo que no me dijo mi padre. Se mueven con el viento y siempre tienen algo que decir: que hace frío, que abra bien los ojos, que escuche con atención, que sea prudente, que mire a la gente desde donde estoy.
Los árboles me cantan siempre tonadas diferentes que nadie puede tararear. Se deshojan y se llenan de frutos.
Los árboles esperan. A veces a solas; a veces con las ramas en flor.
Lo árboles dan abrazos de padre y uno los debe cuidar como hijos y verlos crecer como quisiera crecer uno mismo.
De repente me doy cuenta de que los árboles son mi padre; que saben su nombre. Entonces no me queda más que el asombro y la bondad. Cierro los ojos y me doy cuenta que tal vez -tal vez- no lo hizo del todo mal.
Los árboles me cantan siempre tonadas diferentes que nadie puede tararear. Se deshojan y se llenan de frutos.
Los árboles esperan. A veces a solas; a veces con las ramas en flor.
Lo árboles dan abrazos de padre y uno los debe cuidar como hijos y verlos crecer como quisiera crecer uno mismo.
De repente me doy cuenta de que los árboles son mi padre; que saben su nombre. Entonces no me queda más que el asombro y la bondad. Cierro los ojos y me doy cuenta que tal vez -tal vez- no lo hizo del todo mal.
sábado, 7 de abril de 2012
Como el cielo
A veces me siento como hecha de papel arroz; como escrita en blanco. A veces me pasa que salgo a la calle y camino los pasos estipulados para llegar a mi destino, pero no siempre encuentro lo que se supone que ahí debiese de estar.
A veces respiro sin aire.
A veces me salen raíces y ya no puedo salir corriendo.
Entonces cierro los ojos y me concentro. Pienso que sólo es una de esas veces; que no sucede siempre. Que los derrumbes son necesarios y que la palabra infalible no siempre está en el repertorio de mis trucos más arriesgados.
Y así, como a veces le pasa al cielo, me pongo a llorar.
A veces respiro sin aire.
A veces me salen raíces y ya no puedo salir corriendo.
Entonces cierro los ojos y me concentro. Pienso que sólo es una de esas veces; que no sucede siempre. Que los derrumbes son necesarios y que la palabra infalible no siempre está en el repertorio de mis trucos más arriesgados.
Y así, como a veces le pasa al cielo, me pongo a llorar.
miércoles, 4 de abril de 2012
La vida
Me detengo. Tengo que salir. El calor aquí me está devorando. Salgo y de a poco me pega la vida en la cara: el aire que me roza, los pasos que camino, un anciano que anda lento al otro lado de la acera, las ramas de los árboles que tienen una conversación secreta con el viento, el pacto ineludible que tiene el olor de las cafeterías con el recuerdo del café italiano.
Así, sin más, la vida me pega a la cara. Me pega con su temperatura que me devuelve las ganas de abrir los ojos, de abrir las palmas, de abrirme toda. Entonces me doy cuenta de súbito que es primavera. Que en medio de las obligaciones que me tienen rehén en el espacio en el que trabajo a ritmo de urgencias galopantes y ajenas, me doy cuenta en un instante de que es primavera... Seguramente por eso me convierto en flor cada que me besan. Seguramente por eso siento que necesito salir del capullo de mi casa y ponerme a revolotear en las calles.
Así, sin más, este único instante que tengo es la vida: las ganas de escribir cuando más falta me hace la poesía; las ganas de dejar aquí, sin estructuras ni lineamientos establecidos, lo que miran mis ojos, lo que prueba mi boca, lo que acarician estas manos, lo que desean estos brazos, lo que aprietan estas piernas, lo que late en este pecho mío y que retumba... que me obliga a detenerme y a salir.
Sigo caminando y me detengo ante un perro viejo que me mira a los ojos. Me dan ganas de llorar. Sigo caminando y escucho las palabras que atraviesan el parque y las palmeras para llegar hasta mí: palabras sueltas libres de significado dichas con entusiasmo, palabras con un dueño que quién sabe dónde está. Palabras que ahora son mías.
Dejo entonces de ser un cadáver andante movido por los hilos de la obligación. Me salen alas. Me salen alas y puedo escribir. Puedo volver a escribir que la vida me pega en la cara. Que eso es lo verdaderamente importante.
Que eso es lo que nunca se me debe olvidar.
Así, sin más, la vida me pega a la cara. Me pega con su temperatura que me devuelve las ganas de abrir los ojos, de abrir las palmas, de abrirme toda. Entonces me doy cuenta de súbito que es primavera. Que en medio de las obligaciones que me tienen rehén en el espacio en el que trabajo a ritmo de urgencias galopantes y ajenas, me doy cuenta en un instante de que es primavera... Seguramente por eso me convierto en flor cada que me besan. Seguramente por eso siento que necesito salir del capullo de mi casa y ponerme a revolotear en las calles.
Así, sin más, este único instante que tengo es la vida: las ganas de escribir cuando más falta me hace la poesía; las ganas de dejar aquí, sin estructuras ni lineamientos establecidos, lo que miran mis ojos, lo que prueba mi boca, lo que acarician estas manos, lo que desean estos brazos, lo que aprietan estas piernas, lo que late en este pecho mío y que retumba... que me obliga a detenerme y a salir.
Sigo caminando y me detengo ante un perro viejo que me mira a los ojos. Me dan ganas de llorar. Sigo caminando y escucho las palabras que atraviesan el parque y las palmeras para llegar hasta mí: palabras sueltas libres de significado dichas con entusiasmo, palabras con un dueño que quién sabe dónde está. Palabras que ahora son mías.
Dejo entonces de ser un cadáver andante movido por los hilos de la obligación. Me salen alas. Me salen alas y puedo escribir. Puedo volver a escribir que la vida me pega en la cara. Que eso es lo verdaderamente importante.
Que eso es lo que nunca se me debe olvidar.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
