En este espacio escribo a título personal. Escribo por urgencia, sin ficciones de por medio. La urgencia de la realidad apremia un paréntesis. Así pues, esto que viene soy yo en mi calidad de escribana y lectora.
Por motivos tan terribles como cotidianos, la oportunidad de escribir y leer se me había mermado porque, como bien me dijeron una vez: "Lo urgente no da tiempo para lo importante". Por demás está hacer una lista de las cosas que me atropellaron: aquellas que me agotaron, que me quitaron el sueño, que me alejaron de la palabra escrita por el mero placer.
Hoy retomé una novela que no había podido leer como suelo y recordé una sensación que hacía meses no vivía: la muerte de un personaje. Uno que viví de a poco en trayectos del metro, en instantes diminutos de espera, en noches en las que el sueño y el cansancio le ganaron el duelo a la lectura. Uno entrañable, conmovedor. Éste era generoso e ingenuo. Hoy, al filo de la página 354, Pedro Torres Hinojosa, anciano quijotesco, falleció en las páginas de La emperatriz de Lavapiés. Jorge F. Hernández me lo develó página a página con un detalle que me sacó varias veces el aliento.
Hoy, recordé que soy un animal solitario y que la ficción hace sabrosa la soledad. Hoy se me murió un personaje al que atendí con demasiadas interrupciones, al que construí atropelladamente. Al que he querido durante más de tres meses sin la constancia que se merecía.
Con su muerte recordé a otros fallecidos, a otros que me obligaron a cerrar el libro y detenerme un instante para entender lo que acababa de leer. Otros que me dejaron abierto el corazón.
La muerte de los personajes de ficción nunca es una pérdida porque volverán a vivir cuantas veces uno los comente, los cite, los recuerde. También volverán a morir inevitablemente, sin embargo, cada uno de ellos se queda detenido y presto para ser releído y eso, tal vez, es lo que hace que la Literatura sea el lugar para estar, porque es ella quien le da a un nombre la inmortalidad.
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miércoles, 22 de junio de 2011
martes, 26 de abril de 2011
Disertaciones en torno al pesimismo
El problema del Eros es que incluye al Tánatos y uno ya no sabe a dónde ir ni qué pulsasiones seguir. De ahí la sabiduría de los suicidas: supieron desprenderse de todo institinto de supervivencia. Los mejores, no vivieron para contarlo.
Somos los más quienes nos quedamos para entenderlo todo poco a poco. En el camino se ganan sonrisas y luciérnagas, pero librarse del desasosiego no es de mortales (y la mitología cuenta que tampoco de inmortales). Lo que nos queda es asumir el camino de la incertidumbre y llamarle capacidad de sorpresa. Uno trata entonces de encontrar la belleza en los detalles, pero la monstruosidad es inevitable. Ahí está la trampa de lo torcido: a fuerza de tanta consternación, se empieza a agarrarle gusto a lo terrible; en otros casos sólo se expande el umbral del dolor, pero finalmente uno termina con las corazas impenetrables y las intenciones afiladas. Los más osados recurren a especialistas de la salud mental; los más cansados pierden el apetito de vida, la brújula y la sonrisa. Otros nos ponemos a escribir las cosas que no entendemos sólo para saber que no entendemos nada. Absolutamente nada.
Somos los más quienes nos quedamos para entenderlo todo poco a poco. En el camino se ganan sonrisas y luciérnagas, pero librarse del desasosiego no es de mortales (y la mitología cuenta que tampoco de inmortales). Lo que nos queda es asumir el camino de la incertidumbre y llamarle capacidad de sorpresa. Uno trata entonces de encontrar la belleza en los detalles, pero la monstruosidad es inevitable. Ahí está la trampa de lo torcido: a fuerza de tanta consternación, se empieza a agarrarle gusto a lo terrible; en otros casos sólo se expande el umbral del dolor, pero finalmente uno termina con las corazas impenetrables y las intenciones afiladas. Los más osados recurren a especialistas de la salud mental; los más cansados pierden el apetito de vida, la brújula y la sonrisa. Otros nos ponemos a escribir las cosas que no entendemos sólo para saber que no entendemos nada. Absolutamente nada.
martes, 23 de noviembre de 2010
Disertaciones en torno a los impulsos y el desastre
Los seres humanos estamos un poco desorientados. Muchas veces nos cuesta entender los caminos que transitamos y los lugares a los que llegamos. Tenemos la certeza científica de estar hechos de carne, huesos, vísceras, emociones y demás. Sin embargo eso no nos redime de ir conscientemente por el lado equivocado, de caminar por el sendero más espinoso y de relacionarnos con las personas más filosas. Peor aún: de encontrar un cálido lugar en los brazos más corrosivos. Y ahí, en medio de la contradicción, sin el menor asomo de sentido común, nos sorprendemos incrustados en torcidas historias. Es entonces que nos damos cuenta de lo difícil que es salir y estar y vivir... conducir el auto, prender la luz, cerrar los ojos, acostarse, respirar, asomarse, etcétera.
Sucede. No sé si poco o mucho, pero seguramente en este momento, en algún lugar del mundo, hay un psicoanalista tratando de encontrar el origen de la falla en algún paciente que carece de perspectiva para verse a sí mismo desde el lugar más saludable. Y ya no hablemos de los pacientes que deciden responsablemente cambiar el rumbo de su torcida historia. No podemos dejar a un lado a aquellos que en secreto y en la intimidad se dejan atar o atan, se dejan golpear o golpean. Aquellos que necesitan de manera furiosa una bofetada en medio del orgasmo; aquellos que se divierten con la anomalía del dolor, o aquellos que la necesitan. Aquellos que deliberadamente deciden destruirse. Los seres humanos somos terriblemente hábiles para eso. Las maneras, los medios, los lugares, las circunstancias, los obstáculos y los inconvenientes son lo de menos... o lo de más; dependerá de la peculiaridad del ser humano en cuestión.
Que no es sano, se dice o se reclama. El problema es que tampoco es inevitable. Entre el impulso y la voluntad existe lo mismo una línea que un abismo. Estar al borde de lo indebido y de lo reprochable es tan terrible como fundamental y necesario. Uno conoce la clave para hacer estallar la bomba. El problema no es que la dinamita esté pegada al pecho, sino que tal vez, ya no se tenga la oportunidad de volver a estallar.
Sucede. No sé si poco o mucho, pero seguramente en este momento, en algún lugar del mundo, hay un psicoanalista tratando de encontrar el origen de la falla en algún paciente que carece de perspectiva para verse a sí mismo desde el lugar más saludable. Y ya no hablemos de los pacientes que deciden responsablemente cambiar el rumbo de su torcida historia. No podemos dejar a un lado a aquellos que en secreto y en la intimidad se dejan atar o atan, se dejan golpear o golpean. Aquellos que necesitan de manera furiosa una bofetada en medio del orgasmo; aquellos que se divierten con la anomalía del dolor, o aquellos que la necesitan. Aquellos que deliberadamente deciden destruirse. Los seres humanos somos terriblemente hábiles para eso. Las maneras, los medios, los lugares, las circunstancias, los obstáculos y los inconvenientes son lo de menos... o lo de más; dependerá de la peculiaridad del ser humano en cuestión.
Que no es sano, se dice o se reclama. El problema es que tampoco es inevitable. Entre el impulso y la voluntad existe lo mismo una línea que un abismo. Estar al borde de lo indebido y de lo reprochable es tan terrible como fundamental y necesario. Uno conoce la clave para hacer estallar la bomba. El problema no es que la dinamita esté pegada al pecho, sino que tal vez, ya no se tenga la oportunidad de volver a estallar.
sábado, 7 de agosto de 2010
Disertaciones en torno a los venenos
Mi señor, cuidado con los celos.
Es el monstruo de ojos verdes que se
divierte con la vianda que le nutre.
Yago (en el precioso tercer acto de Otelo)
Las explicaciones para ello sobran. No hay quien pueda hacer entrar en razón a un celoso. Para serlo no se necesitan motivos, sólo el ímpetu y el deseo de la posesión absoluta: sin intermediarios ni términos medios. Todo (absolutamente todo), sin lugar a la negociación. Lo que detona la celotipia es lo de menos; la verdadera importancia radica en la furia que se desata a la menor provocación. La inocencia o culpabilidad del otro de nada sirven cuando los demonios sacuden la tranquilidad, muerden la confianza y siembran sospechas. Cuando eso sucede, no hay vuelta atrás. Es entonces que se conoce el infierno en su más vulgar presentación. Las certezas parecen inalcanzables, el insomnio desgasta los ánimos y la sensación de pérdida envenena el espíritu. El ser humano más sensato se convierte en un perro abatido que busca con rabia olores ajenos, sonrisas de muerte, júbilos extraños, roces distintos, escondites amueblados, preferencias fuera de lugar, errores pequeñísimos. Los celos nos regresan a la fiera que nuestro grado evolutivo nos prohibe. Perdemos el carísimo control de nosostros mismos. Con ello se nos va el sosiego, la paz, el decoro, la convicción, el sueño, la miel, la belleza y la vida. También la vida. Imposible soltarse de la cólera y de la impotencia. La duda parece estar en cada esquina: afuera, percudiendo los paisajes, opacando los colores, ensuciando los recuerdos. Sin embargo su verdadero lugar está dentro: en las venas, en la médula, en los nervios, en los ojos, en el vientre, en el sexo, en la garganta... en el núcleo de cada maldita célula, y ahí, es casi imposible de sacar.
viernes, 2 de julio de 2010
Disertaciones en torno a una diosa que espera
En el afán de entender el lado menos conocido de los que se nos parecen por su desgracia, hoy toca el turno a Hera. La diosa destinada a ser la histércia de la mitología griega, la celosa insufrible que no sabía ni podía controlar su ira. Todas las versiones coinciden (la excepción, como siempre, se da en la versión para niños desprovista de sangre y verdad): que hacía pedazos a todo aquél del que sospechara y también, que tenía por marido al dios más petulante del Olimpo.
Que Heracles sufrió sus constantes intrigas y que Eco -famosa por contar las mejores historias de todos los tiempos- fue encerrada en los bosques destinada a repetir la última palabra de los hombres por haber hipnotizado a Hera mientras Zeus gozaba de quién sabe cuántos cuerpos.
Que era una diosa implacable que aplastaba al que le hiciera dudar.
La diosa del hogar y la familia; la misma que aventó a su hijo Hefestos al mar por haber nacido con una fealdad insultante (ahora nos explicamos tanta disfuncionalidad).
Hay que notar que había razones para estallar a la menor provocación: Hera esperaba. Todo el tiempo, fue una diosa a la que le tocó esperar. Una hembra que tenía que vivir con el presentimiento de saber dónde se encontraba aquél que la enloquecía.
Lo que pocos saben es que Zeus y Hera eran gemelos. Que Zeus tomó, justo a su idéntica (además de haber violado antes a su madre Rea, por supuesto) como compañera de vida, de la que no se podía separar a pesar de la delicia de todos los otros sexos que probaba por el mero gusto.
Lo que pocos saben es que Hera fue una hermana, que por compasión a un animal abandonado al que acogió en su seno, sufrió el ultraje de caer en la cuenta de que aquél era en realidad su hermano dispuesto a penetrarla por la fuerza. Y así lo hizo. (¿A quién le queda el mínimo de compasión después de eso?). Poquísimos saben que se casó por vergüenza y que la noche de bodas duró 300 años. Cualquiera quedaría con los nervios muy delicados después de una noche así.
No nos sorprendamos pues de sus dolorosísimos y furiosos arrebatos. Uno, como quiera que sea, tiene un Dios en quien creer o confiar... ¿pero ella?
Que Heracles sufrió sus constantes intrigas y que Eco -famosa por contar las mejores historias de todos los tiempos- fue encerrada en los bosques destinada a repetir la última palabra de los hombres por haber hipnotizado a Hera mientras Zeus gozaba de quién sabe cuántos cuerpos.
Que era una diosa implacable que aplastaba al que le hiciera dudar.
La diosa del hogar y la familia; la misma que aventó a su hijo Hefestos al mar por haber nacido con una fealdad insultante (ahora nos explicamos tanta disfuncionalidad).
Hay que notar que había razones para estallar a la menor provocación: Hera esperaba. Todo el tiempo, fue una diosa a la que le tocó esperar. Una hembra que tenía que vivir con el presentimiento de saber dónde se encontraba aquél que la enloquecía.
Lo que pocos saben es que Zeus y Hera eran gemelos. Que Zeus tomó, justo a su idéntica (además de haber violado antes a su madre Rea, por supuesto) como compañera de vida, de la que no se podía separar a pesar de la delicia de todos los otros sexos que probaba por el mero gusto.
Lo que pocos saben es que Hera fue una hermana, que por compasión a un animal abandonado al que acogió en su seno, sufrió el ultraje de caer en la cuenta de que aquél era en realidad su hermano dispuesto a penetrarla por la fuerza. Y así lo hizo. (¿A quién le queda el mínimo de compasión después de eso?). Poquísimos saben que se casó por vergüenza y que la noche de bodas duró 300 años. Cualquiera quedaría con los nervios muy delicados después de una noche así.
No nos sorprendamos pues de sus dolorosísimos y furiosos arrebatos. Uno, como quiera que sea, tiene un Dios en quien creer o confiar... ¿pero ella?
martes, 22 de junio de 2010
Disertaciones en torno a la doncella que nadie entendió
De todos los personajes de los cuentos de hadas, se podría decir que cada uno se labró su destino; que nada sucede por casualidad. Sin embargo hay uno al que el tiempo no le ha hecho justicia, y mucho menos, la narración en tercera persona endulcorada en la versión para niños. Hablo de la que esperaba encerrada en la habitación de una altísima torre; la de cabellera kilométrica.
El dato que pocos conocen es que desde antes de nacer, sus padres ya la habían vendido con una bruja a cambio de unos frutos: su padre fue descubierto mientras los robaba en el jardín de la mala mujer y ella a cambio le pidió la vida de su futura hija. Ni siquiera reconsideró el trato; ni siquiera huyó cuando nació. La fueron a entregar personalemente a las puertas de la torre. Hay filicidas que no se apenan de sus actos.
Así creció: encerrada y alimentada por una bruja que escalaba la torre con aquel larguísimo cabello. Al parecer, las escaleras no iban con el estilo arquitectónico del lugar.
El príncipe llegó porque descubrió a la bruja en el momento en el que le eran arrojadas las trenzas para subir. Un día hizo el intento diciendo las mismas palabras y pudo escalar. Desde entonces, subía cada tarde.
Detengámonos aquí por favor... Cada tarde, ella echaba sus cabellos por la ventana para soportar el peso del cuerpo de un hombre y luego el de una mujer: de subida y de bajada. Cuatro veces al día entregaba su dolor, primero para que la abrazaran y luego, para que no la mataran. Cuatro veces al día, respiraba profundo y como podía, sostenía sus dorados cabellos entre los puños para que el peso fuera menos. Cuatro.
De nada le sirvió el príncipe: sólo la preñó y jamás hizo el menor esfuerzo por bajarla.
Luego, la bruja la descubre y le corta los cabellos. No todos lo han vivido pero el cabello es un indicio de paciencia. Los que tenemos el cabello largo tejemos en él el cariño de la espera; es la única evidencia del tiempo que vale la pena conservar: enmarca el rostro y nos da oportunidad de esconder la mirada; suaviza los rasgos, protege del frío. En el cabello va implícita la coquetería, la gracia y el encanto. He conocido quien se corta el cabello por tristeza o por desesperación. No he conocido personalmente a quien se lo hayan cortado por la fuerza. Así pues, nuestro personaje vio mutilada toda su dorada feminidad y su única posibilidad de príncipe. Cualquiera en sus condiciones hubiera perdido la razón.
Lo que sigue es igual de trágico. De sobra está decir que la bruja la perdió en un desierto y que ahí sola parió a unos gemelos. No mencionaré el final, que por tradición literaria acaba bien, porque estoy segura, que en algún lugar escondido de los libros, llora su cabellera, su espera, su dolor, los hijos que no quería, y tal vez, lo torcido de su desconocida historia.
Se las presento. Se llama Rapunzel.
El dato que pocos conocen es que desde antes de nacer, sus padres ya la habían vendido con una bruja a cambio de unos frutos: su padre fue descubierto mientras los robaba en el jardín de la mala mujer y ella a cambio le pidió la vida de su futura hija. Ni siquiera reconsideró el trato; ni siquiera huyó cuando nació. La fueron a entregar personalemente a las puertas de la torre. Hay filicidas que no se apenan de sus actos.
Así creció: encerrada y alimentada por una bruja que escalaba la torre con aquel larguísimo cabello. Al parecer, las escaleras no iban con el estilo arquitectónico del lugar.
El príncipe llegó porque descubrió a la bruja en el momento en el que le eran arrojadas las trenzas para subir. Un día hizo el intento diciendo las mismas palabras y pudo escalar. Desde entonces, subía cada tarde.
Detengámonos aquí por favor... Cada tarde, ella echaba sus cabellos por la ventana para soportar el peso del cuerpo de un hombre y luego el de una mujer: de subida y de bajada. Cuatro veces al día entregaba su dolor, primero para que la abrazaran y luego, para que no la mataran. Cuatro veces al día, respiraba profundo y como podía, sostenía sus dorados cabellos entre los puños para que el peso fuera menos. Cuatro.
De nada le sirvió el príncipe: sólo la preñó y jamás hizo el menor esfuerzo por bajarla.
Luego, la bruja la descubre y le corta los cabellos. No todos lo han vivido pero el cabello es un indicio de paciencia. Los que tenemos el cabello largo tejemos en él el cariño de la espera; es la única evidencia del tiempo que vale la pena conservar: enmarca el rostro y nos da oportunidad de esconder la mirada; suaviza los rasgos, protege del frío. En el cabello va implícita la coquetería, la gracia y el encanto. He conocido quien se corta el cabello por tristeza o por desesperación. No he conocido personalmente a quien se lo hayan cortado por la fuerza. Así pues, nuestro personaje vio mutilada toda su dorada feminidad y su única posibilidad de príncipe. Cualquiera en sus condiciones hubiera perdido la razón.
Lo que sigue es igual de trágico. De sobra está decir que la bruja la perdió en un desierto y que ahí sola parió a unos gemelos. No mencionaré el final, que por tradición literaria acaba bien, porque estoy segura, que en algún lugar escondido de los libros, llora su cabellera, su espera, su dolor, los hijos que no quería, y tal vez, lo torcido de su desconocida historia.
Se las presento. Se llama Rapunzel.
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