La niña tenía cerca de cinco años y las escaleras estaban muy altas para ella. Seguro que desde arriba sentía que para bajar hacía falta mucha valentía. Le costaba trabajo y su esfuerzo era evidente. Bajaba de de uno en uno, mochila en la espalda y un cuaderno entre los brazos. La madre apenas llegó abajo se desesperó y empezó a tronar los dedos. Supongo que le encontró el chiste porque, sin decir nada, subió hasta la niña para tronarle los dedos en la oreja. No dejó de hacerlo hasta que la niña, cada vez más nerviosa, bajó el último escalón.
Entonces me es inevitable pensarlo: qué hija de puta es la vida. Qué hija de puta.
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jueves, 11 de octubre de 2012
miércoles, 13 de junio de 2012
El mago de los vagones
Ya es de noche y venimos callados. Ha llovido y pareciera que todos estamos empapados de cansancio. Así se vive el metro en las noches; cuando está más sucio, cuando todos regresan después de haber sobrevivido a la ciudad sin más escudos que la promesa de volver a casa.
Y así, derrotados unos, vencedores otros, veníamos juntos sin decir nada. Entonces sucedió: se subió el mago. Ese mago que yo ya había visto antes y que aparece y desaparece cosas de las manos.
Hizo esos trucos que ya le había visto hacer; sin embargo, de lo que no me había percatado era de la magia. El mago hizo magia. Basta con ver que todos los que miramos volvemos a asomarnos con un poco de bondad. La sonrisa ante la sorpresa es inevitable.
El mago es pobre y de la nada pareciera devolvérnoslo todo. Nos sabemos afortunados porque no se subió nadie a gritar nada o a perturbarnos con sus monstruosas bocinas... Se subió un mago; nuestro mago. El que sin decir palabra nos regresa sanos y salvos a la calle, al pavimento, a la ciudad.
El sustento de la noche se lo gana a pulso porque todos queremos darle un poco de lo que en el día nadie nos dio y él sólo dice "Gracias". Se va y volvemos a quedarnos solos pero, ahora, un poco más inocentes.
Y así, derrotados unos, vencedores otros, veníamos juntos sin decir nada. Entonces sucedió: se subió el mago. Ese mago que yo ya había visto antes y que aparece y desaparece cosas de las manos.
Hizo esos trucos que ya le había visto hacer; sin embargo, de lo que no me había percatado era de la magia. El mago hizo magia. Basta con ver que todos los que miramos volvemos a asomarnos con un poco de bondad. La sonrisa ante la sorpresa es inevitable.
El mago es pobre y de la nada pareciera devolvérnoslo todo. Nos sabemos afortunados porque no se subió nadie a gritar nada o a perturbarnos con sus monstruosas bocinas... Se subió un mago; nuestro mago. El que sin decir palabra nos regresa sanos y salvos a la calle, al pavimento, a la ciudad.
El sustento de la noche se lo gana a pulso porque todos queremos darle un poco de lo que en el día nadie nos dio y él sólo dice "Gracias". Se va y volvemos a quedarnos solos pero, ahora, un poco más inocentes.
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