Quiero correr. Quiero correr y tener la capacidad de detenerme en seco cuando sea necesario. No es así. Obviamente, no es así. Eso lo tengo claro yo pero no mis impulsos. A veces me siento dividida en partes; como si los impulsos me fragmentaran por completo.
Me nace la inquietud que parece un cerillo que se enciende a la menor provocación y, no sé si en algún lugar que no he descubierto, llevo conmigo un almacén de gasolina blanca.
No es que esté triste; es que termino hecha cenizas a cada rato. No es que esté apagada, es que el incendio más terrible acaba de terminar.
Hay quienes nacen con una brújula integrada, otros que nacen con música en el interior, otros que vienen con un mapa. Creo que desde el inicio yo traía el combustible. Supongo que por eso me arden las acciones, la quietud, los besos, los cuerpos, los planes, los presentimientos, el pasado, el presente. No es dolor. A veces siento que la vida me arde. Entonces tengo que cerrar los ojos para respirar y esperar. De antemano sé que lo que viene son las cenizas. Para mi sorpresa me vuelvo a levantar. Camino. Se me ocurre una idea y entonces escucho el sonido del cerillo que se enciende y sé que todo volverá a pasar. De nada sirve que me detenga. Miro las llamas y sé que tengo que continuar; sé que lo haré de nuevo. Tal vez en otras direcciones, tal vez en otros territorios pero siempre me volveré a incendiar.
Hay días como hoy en los que estoy cansada y me pregunto si acaso habrá un lugar en donde me convierta en agua. Tal vez cuando todo acabe.
Tal vez.
Mostrando entradas con la etiqueta Divagaciones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Divagaciones. Mostrar todas las entradas
viernes, 2 de noviembre de 2012
martes, 9 de octubre de 2012
Las suposiciones de esta noche
Llueve en la ciudad y, en estos tiempos, todos terminamos empapados. Vemos llover y llovemos. El cielo se carga de nubes que apenas puede contener. Nosotros nos adjudicamos tareas que en cualquier momento pueden provocar una tormenta. Así es y la historia indica que así ha sido siempre. Que nos gusta llegar hasta el límite de nuestras fuerzas; ahí donde ya no estamos seguros de poder continuar. Como si nos gustara hablarle de tú al riesgo, como si quisiéramos escuchar el sonido de nuestro último aliento.
Y sin embargo, despertamos. Cuando todo parece haber concluido, cuando pudiéramos sospechar que ha pasado lo peor, despertamos para descubrir que lo insoportable es un poco más soportable cada vez. Con el tiempo aprendemos a conservar la calma y a perder la memoria. Será por eso que no sabemos envejecer.
Y sin embargo, despertamos. Cuando todo parece haber concluido, cuando pudiéramos sospechar que ha pasado lo peor, despertamos para descubrir que lo insoportable es un poco más soportable cada vez. Con el tiempo aprendemos a conservar la calma y a perder la memoria. Será por eso que no sabemos envejecer.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)