Me gusta pensar que en algún universo paralelo no soy escritora sino peleadora profesional de kick boxing. Que me gano la vida a puños.
Que vivo para tener el cuerpo listo y curtido.
Que tengo unos guantes negros para entrenar y unos rojos para pelear.
A mí, allá, en ese otro lado, seguramente ya me rompieron la nariz y en más de una ocasión me han hecho sangrar.
Apuesto a que soy más impulsiva que aquí. Ahí duermo a mis horas y descanso como Dios manda para levantarme todos los amaneceres y tener todo el tiempo bien preparada la guardia.
Ahí lloro menos porque la ira me ayuda a soltar los ganchos con la fuerza precisa. Allá no me desbordo en la vida porque en cada contrincante encuentro un espacio para acomodar el miedo y descargar la adrenalina.
Seguro me acaricio constantemente los nudillos y me meto a duchar cada vez que necesito pensar.
Ahí, en mi otra vida, tengo las patadas más veloces y los codos mortíferos.
Un día de estos, no sé cómo, me tengo que mudar para allá.
domingo, 10 de abril de 2016
martes, 5 de abril de 2016
Tú, Huerta de mis ojos.
Tenía poco más de 18 años y me gustaba el teatro.
Me gustaba tanto que no quería hacer nada más. En ese entonces, hasta la escritura se me hizo teatro.
Como era de esperarse en una casa de pequeños comerciantes, nadie me tenía fe cuando decía que quería ser actriz. Como escritora no se sospechaba nada; ni yo misma.
Como cualquiera que gusta de andar entregando la cabeza, la voz y el cuerpo, yo tenía todas las horas de todos los días con ensayos programados, obras por leer y proyectos apuntando a todos los horizontes posibles.
Como a todos los solitarios, me daba por lamentar el camino agreste que nos depara a los que nos toca recorrerlo sin palabras de aliento.
Y como la más pequeña de las hijas, me quejaba porque nadie me tomaba los sueños en serio. Y como todos los que cursábamos la carrera, en el fondo me afligía que el teatro no me fuera a dar una oportunidad.
En eso estaba cuando apareció mi tío Marcos.
Él vivía en Guadalajara y el destino hizo que el messenger de aquellos tiempos nos pusiera a conversar. Él era pintor. Vivía de su talento y de entre mis otros dos tíos pintores, él era el favorito de mis ojos.
No sé bien cómo empezamos a chatear, pero con él yo podía hablar de aquella obra de teatro que estaba escribiendo. Me leyó con atención, me comentó sobre su personaje favorito, me envió imágenes que podrían darme material para seguir escribiendo...
Nunca nadie en mi familia me había visto así.
Le tuve confianza para decirle sobre las recurrentes amenazas de mi madre con aquello de retirarme el apoyo económico. El asunto me enfurecía y, por supuesto, me angustiaba. Entonces me preguntó sobre la cantidad de dinero que necesitaba mensualmente para estudiar; para continuar.
No exagero si digo que fue el primero que apostó por mí. No fue necesario hacerme ningún depósito porque mi madre jamás cumplió su amenaza, pero gracias a esa propuesta pude continuar con más esperanza.
Antes de fallecer en ese último infarto, pidió que sus cenizas fueran llevadas a Pátzcuaro. De esa manera nos transformó a todos en una caravana de gitanos. Yo pensé que mi tío Marcos ya me había dado todo el apoyo posible y necesario, sin embargo me esperaba uno de los regalos que hasta el día de hoy atesoro como el más preciado.
Mi tía Chela, su viuda, y mi primo Emiliano me dijeron que hablaba mucho de mí. Eso, por supuesto, me emocionó y pregunté qué era lo que decía. Ellos respondieron: "Que eres una gran escritora".
Lo dijo en aquel entonces cuando yo ni siquiera imaginaba que me iba a asir a la palabra; lo repitió en boca de mi tía para que supiera que debía continuar.
Lo dijo sin saber que esas palabras se me quedarían para siempre en la entraña.
Gracias siempre, Huerta.
Feliz cumpleaños.
Me gustaba tanto que no quería hacer nada más. En ese entonces, hasta la escritura se me hizo teatro.
Como era de esperarse en una casa de pequeños comerciantes, nadie me tenía fe cuando decía que quería ser actriz. Como escritora no se sospechaba nada; ni yo misma.
Como cualquiera que gusta de andar entregando la cabeza, la voz y el cuerpo, yo tenía todas las horas de todos los días con ensayos programados, obras por leer y proyectos apuntando a todos los horizontes posibles.
Como a todos los solitarios, me daba por lamentar el camino agreste que nos depara a los que nos toca recorrerlo sin palabras de aliento.
Y como la más pequeña de las hijas, me quejaba porque nadie me tomaba los sueños en serio. Y como todos los que cursábamos la carrera, en el fondo me afligía que el teatro no me fuera a dar una oportunidad.
En eso estaba cuando apareció mi tío Marcos.
Él vivía en Guadalajara y el destino hizo que el messenger de aquellos tiempos nos pusiera a conversar. Él era pintor. Vivía de su talento y de entre mis otros dos tíos pintores, él era el favorito de mis ojos.
No sé bien cómo empezamos a chatear, pero con él yo podía hablar de aquella obra de teatro que estaba escribiendo. Me leyó con atención, me comentó sobre su personaje favorito, me envió imágenes que podrían darme material para seguir escribiendo...
Nunca nadie en mi familia me había visto así.
Le tuve confianza para decirle sobre las recurrentes amenazas de mi madre con aquello de retirarme el apoyo económico. El asunto me enfurecía y, por supuesto, me angustiaba. Entonces me preguntó sobre la cantidad de dinero que necesitaba mensualmente para estudiar; para continuar.
No exagero si digo que fue el primero que apostó por mí. No fue necesario hacerme ningún depósito porque mi madre jamás cumplió su amenaza, pero gracias a esa propuesta pude continuar con más esperanza.
Antes de fallecer en ese último infarto, pidió que sus cenizas fueran llevadas a Pátzcuaro. De esa manera nos transformó a todos en una caravana de gitanos. Yo pensé que mi tío Marcos ya me había dado todo el apoyo posible y necesario, sin embargo me esperaba uno de los regalos que hasta el día de hoy atesoro como el más preciado.
Mi tía Chela, su viuda, y mi primo Emiliano me dijeron que hablaba mucho de mí. Eso, por supuesto, me emocionó y pregunté qué era lo que decía. Ellos respondieron: "Que eres una gran escritora".
Lo dijo en aquel entonces cuando yo ni siquiera imaginaba que me iba a asir a la palabra; lo repitió en boca de mi tía para que supiera que debía continuar.
Lo dijo sin saber que esas palabras se me quedarían para siempre en la entraña.
Gracias siempre, Huerta.
Feliz cumpleaños.
domingo, 27 de marzo de 2016
Los tuyos
Para Margarita Baez
No sé cuántos seamos.
No sé cuántos te queramos.
No sé cuántos abrazos.
No sé cuántas plegarias.
Seguro no son pocos porque te sabes dar a querer; eres de cariño inmediato.
Lo único de lo que estoy segura es de que yo estoy formada en la fila. De que lo lamentamos.
Los que hemos pasado por pérdidas sabemos que lo que sigue es una tempestad. Que las preguntas sin respuesta exacta nos cercan, que las culpas se convierten en reproches, que se traslapan los nombres de las emociones, que hay días que parecen pantanos, que por momentos pareciera inconcebible tanto. Que uno no está hecho para afrontar las fauces del dolor con esta pequeñez. Que todo cambia de lugar.
Supongo que lo mejor es dejar que suceda y no resistirse porque la corriente tiene todo a su favor y uno está en medio sin saber a qué asirse.
Aquí estamos con la flama de nuestros cariños para iluminar un poco en medio de tu noche.
Para que te sujetes.
Para leerte un cuento.
Para llevarte al cine.
Para guardar silencio junto contigo.
Para preparate una sopa.
Para darte un libro para iluminar.
Para aprender juntos a hacer caligrafía.
Para que contemplemos el sueño de los gatos.
Para escuchar.
Todo contigo.
Todo para ti.
Tú sólo di un nombre de los que estamos formados en la fila.
Verás que estamos bien entrenados para acompañarte con toda nuestra luz. Y si resulta que no somos los más diestros, seguro nuestro querer abrigarte nos hará mejores en el arte de hacerte sonreír.
Aquí estamos. Listos para reaccionar al silbatazo.
Entre mi recursos tengo también el cariño de dos gatos que sabrán echarse en tus piernas y ronronearte la belleza.
Aquí estamos.
Todos y cada uno.
Sí: todos para ti.
Lo único de lo que estoy segura es de que yo estoy formada en la fila. De que lo lamentamos.
Los que hemos pasado por pérdidas sabemos que lo que sigue es una tempestad. Que las preguntas sin respuesta exacta nos cercan, que las culpas se convierten en reproches, que se traslapan los nombres de las emociones, que hay días que parecen pantanos, que por momentos pareciera inconcebible tanto. Que uno no está hecho para afrontar las fauces del dolor con esta pequeñez. Que todo cambia de lugar.
Supongo que lo mejor es dejar que suceda y no resistirse porque la corriente tiene todo a su favor y uno está en medio sin saber a qué asirse.
Aquí estamos con la flama de nuestros cariños para iluminar un poco en medio de tu noche.
Para que te sujetes.
Para leerte un cuento.
Para llevarte al cine.
Para guardar silencio junto contigo.
Para preparate una sopa.
Para darte un libro para iluminar.
Para aprender juntos a hacer caligrafía.
Para que contemplemos el sueño de los gatos.
Para escuchar.
Todo contigo.
Todo para ti.
Tú sólo di un nombre de los que estamos formados en la fila.
Verás que estamos bien entrenados para acompañarte con toda nuestra luz. Y si resulta que no somos los más diestros, seguro nuestro querer abrigarte nos hará mejores en el arte de hacerte sonreír.
Aquí estamos. Listos para reaccionar al silbatazo.
Entre mi recursos tengo también el cariño de dos gatos que sabrán echarse en tus piernas y ronronearte la belleza.
Aquí estamos.
Todos y cada uno.
Sí: todos para ti.
viernes, 1 de enero de 2016
Una noche llamada Mila
Después de cuidar de un dinosaurio por cinco años, el vacío que me quedaba era sordo. Doloroso. Una vez que tuve la dicha de tener un pequeño maestro en casa, ya no podía estar sin ello, así que me di a la búsqueda del siguiente.
Podrá parecer absurdo que esos días me esforcé en encontrar un gato pequeño, pero en verdad escasearon en ese tiempo.
Entonces, cuando estuve lista, Mila llegó. Supongo que le dejó el trabajo a la casualidad porque la encontré el día que dejé de buscarla.
Toda ella es de un negro azabache y con una pequeña estrella blanca en el pecho. Llegó como todos los desamparados: con hambre, con miedo, con desconcierto. También con un olor espantoso que tardamos más de una semana en mitigar.
Cuando entramos a la casa por primera vez, después de defecar sobre mi hombro, se escondió. Yo le hablaba para darle confianza; ella me miraba desde el piso arrinconada entre las patas de las sillas. Cuando me agaché para cargarla me di cuenta de que me sentía insegura sin los guantes de carnaza, de que le miraba con atención la cabeza esperando el instante en que me soltara la mordida, de que me cuidaba de los latigazos de su pequeña cola... Y no. Reparé en que los gatos, a diferencia de las iguanas, no muerden. Eso es obvio, pero me percaté entonces de que su cola en ningún momento me iba a castigar.
Además, maullaba mucho. Yo ya me había acostumbrado al silencio sagrado de aquel dinosaurio, a la mirada distante, a la sangre fría, al verde majestuoso.
Ahora tenía frente a mí a una panterita que trataba de decirme mil y un cosas con los ojos y los maullidos. Entonces me senté a llorar porque me di cuenta de que Camilo permanecía en mi manera de acercarme a los animales, en mis hábitos, en mi asombro.
Esta vez no tenía que cuidarme de los garfios que tenía por garras ni de los impulsos instintivos que aprendí a detectar y a envidiar.
Esta vez las caricias eran fáciles de prodigar.
Tardé un tiempo en asimilar la diferencia, pero Mila agarró confianza muy rápido y era cariñosa por encima de todas las cosas. Tanto así que la nombramos "La terminator del amor".
Ella es una hembra misteriosa que ahora maúlla sólo para lo fundamental. El negro que le fue concedido por momentos la hace difícil de ver, pero le da un aspecto elegantísimo.
Mila me enseñó que los gatos lo miran todo tratando de calcular. No se bien qué, pero lo cierto es que tienen una mirada científica y estudian los movimientos, los sonidos, los espacios, las miradas...
Ella fue la primera máquina de cariño que me empezó a ronronear para hacerme saber que estamos en paz.
También con el ejemplo me enseña que el sueño es tan prioritario como jugar.
Menuda falta me hacía esta pequeña noche que me vino a adoptar.
domingo, 31 de mayo de 2015
Condolencia
Para Beatriz Flores
Sabemos que lo que viene es el silencio.
Uno de los más sólidos. Uno que parece muro.
Lo que viene es una montaña muy escarpada.
Lo que sigue es uno de los caminos más difíciles porque la ausencia se pone a habitarlo todo y sale a la menor provocación, por todas partes.
Casi nunca hay tregua. Sólo a veces.
Lo mejor es dejar que los ojos se te hagan un río y esperar a que se te salga toda la sal.
Lo mejor será no entender nada para empezar de nuevo. Y es que, después de un tiempo, hay que volver a andar.
Cuando los animales nos regalan tanta belleza siempre es difícil volver a encontrarla en otro lugar. Pero ahí está.
Cuando estés lista, cuando puedas sonreír sin que el corazón se te venga abajo, confía en que la luz -tantísima luz-, permanecerá.
El dolor se asienta. Es de a poco. Tantos años no son fáciles de acomodar.
Sin embargo habrá voces, llamadas, palabras, abrazos... Sujétate fuerte. Jalaremos mucho para que sepas que en medio de la soledad, haremos todo lo que esté en nuestras manos para ayudarte, para que te vuelvas a acompasar con los días, para lograr la dificilísima tarea de estar.
Por lo pronto aquí están mis brazos para tu llanto y mis palabras para rendirle un pequeño tributo al felino maestro que te tocó cuidar.
Que todos los dioses de todas las mitologías lo reciban.
Que se ponga a platicar con mi iguanita sagrada.
Que la luz sea siempre contigo y con él.
martes, 26 de mayo de 2015
Rebeca Buendía no estaba encerrada en el baño…
Los acercamientos a Cien años de soledad son muchos y la lista de temas que se pueden estudiar es tan vasta y rica, como la novela misma… ¿Qué más se puede decir? No tengo nada nuevo que aportar, sólo haré un acercamiento a la relación entre Rebeca y José Arcadio Buendía y daré mi opinión con respecto a un misterio en el pueblo de Macondo. Nada más.
Gustavo Álvarez Gardeazabal, en un estudio que hace sobre las formas de hacer el amor en la novela afirma: "[…] los Buendía no huyen al incesto, huyen a la posibilidad de lograr un enlace perfecto a la hora de hacer el amor."
Sin embargo, hay una pareja que desmiente tal afirmación: Rebeca y José Arcadio Buendía. El Me cago dos veces en natura y la conversión de semental a hombre de trabajo en José Arcadio, son pruebas contundentes de ello. Tenemos que revisar los antecedentes.
Rebeca, pequeña paria de once años que llega a la casa de Úrsula donde come tierra y cal a escondidas, es metida en cintura a fuerza de correonazos y remedios amargos. Crece junto a Amaranta y se enamora de Prieto Crespi, personaje delicado, atento, prudente, hermoso y casi femenino. Rebeca no soporta las esperas de la futura boda y mientras Prieto sufre crisis de desilusión ante el nuevo aplazamiento del matrimonio por la construcción de la iglesia, Rebeca dice: "Nos fugaremos cuando tú lo dispongas". Pero la prudencia de Prieto no puede ir a la par con el carácter impulsivo de su novia. Su atrevimiento llegaba con pudor a los labios de Rebeca en medio de la oscuridad a escondidas de Úrsula. Más aplazamientos llevaron las manos de Rebeca a la tierra para masticarla en la boca y en medio de la desilusión, una bestia tatuada de hombre atravesó la puerta sin pedir permiso, haciendo temblar la tierra y le dijo: "Buenas". Y cuando él le dijo ese "Eres muy mujer, hermanita", ella perdió la tranquilidad y el sosiego por saberse en la mirada de ese toro que la deseaba. Los impulsos la llevaron hasta el cuarto de la fiera que estaba apenas en calzoncillos y después de ese "Ay, hermanita":
Ella tuvo que hacer un esfuerzo sobrenatural para no morirse cuando una potencia ciclónica asombrosamente regulada la levantó por la cintura y la despojó de su intimidad con tres zarpazos, y la descuartizó como a un pajarito. Alcanzó a dar gracias a Dios por haber nacido, antes de perder la conciencia en el placer inconcebible de aquel dolor insoportable, chapaleando en el pantano humeante de la hamaca que absorbió como un papel secante la explosión de su sangre.
Se casaron a los tres días. Rebeca renuncia al papel de mártir al que están destinados muchos de los personajes femeninos de la novela. Renuncia a las esperas y a la frustración. Sus actos revelan su naturaleza: una mujer que de niña tenía que ser sujetada como a un becerro para que tragara la medicina, no necesitaba un hombre prudente y delicado, sino un animal desbocado y sin miramientos que supiera tomarle el cuerpo hasta desfallecer. Con las esperas le creció la impaciencia y con la impaciencia le creció el deseo y con todo ese deseo hizo a José Arcadio para ella. No les importó la indignación de Úrsula. Que el padre Nicanor les hubieran revelado que no eran hermanos, era ya un dato de más que no determinaba nada. No necesitaban nada más que la hamaca de José Arcadio: "Los vecinos se asustaban con los gritos que despertaban a todo el barrio hasta ocho veces en una noche, y hasta tres veces en la siesta, y rogaban que una pasión tan desaforada no fuera a perturbar la paz de los muertos".
Nunca tuvieron miedo ni del incesto ni del enlace perfecto al que hace referencia Gustavo Álvarez Gardeazabal. Lo que rompió el perfecto equilibrio de esta pareja sin razón, fue el que Arcadio recuperara el sentido de la realidad: José Arcadio había doblegado la cerviz al yugo matrimonial. El carácter firme de Rebeca, la voracidad de su vientre, su tenaz ambición, absorbieron la descomunal energía del marido, que de holgazán y mujeriego se convirtió en un enorme animal de trabajo. José Arcadio dejó de ser la bestia sin miramientos que entró un día a la casa sin permiso. Ahora llegaba de trabajar a sus horas con el sustento del día; su descomunal energía se había sosegado. Lo absorbió.
Parece ser que Rebeca no pudo con eso; parece ser que no estaba dispuesta a esperar nuevamente a que su hombre se convirtiera nuevamente en animal, porque ya no toleraba las esperas:
Una tarde de septiembre, ante la amenaza de una tormenta, [José Arcadio] regresó a casa más temprano que de costumbre. Saludó a Rebeca en el comedor, amarró los perros en el patio, colgó los conejos en la cocina para salarlos más tarde y fue al dormitorio a cambiarse de ropa. Rebeca declaró después que cuando su marido entró al dormitorio ella se encerró en el baño y no se dio cuenta de nada. Era una versión difícil de creer, pero no había otra más verosímil, y nadie pudo concebir un motivo para que Rebeca asesinara al hombre que la había hecho feliz.
La duda surge ante la falta de verosimilitud. Él fue el hombre que la hizo feliz pero no sabemos si, con todos los cambios y con todo el equilibrio que estaba viviendo, seguía colmándose de felicidad como cuando la tomó por primera vez en sus brazos. Tal vez había motivos para que ella lo asesinara y eso es una duda que tampoco se puede descartar.
Rebeca Buendía no estaba encerrada en el bañó. Mató a José Arcadio Buendía. Lo mató por no ser quien ella había conocido; por haberse quedado quieto; por haberse dejado absorber la descomunal energía que lo hacía único. El asesinato fue uno de sus arrebatados impulsos de toda la vida. Una relación entre dos fieras no podía concluir de otra manera, pero el hecho de que haya terminado no niega en lo absoluto que hayan logrado un enlace perfecto.
Bibliografía:
Porrata, Francisco E. (edit.). Explicación de Cien años de soledad. Costa Rica: Editorial
Texto Ltda., 1976.
García Márquez, Gabriel. Cien años de soledad. 25ª ed. Buenos Aires: Editorial
Sudamericana, 1971.
Gustavo Álvarez Gardeazabal, en un estudio que hace sobre las formas de hacer el amor en la novela afirma: "[…] los Buendía no huyen al incesto, huyen a la posibilidad de lograr un enlace perfecto a la hora de hacer el amor."
Sin embargo, hay una pareja que desmiente tal afirmación: Rebeca y José Arcadio Buendía. El Me cago dos veces en natura y la conversión de semental a hombre de trabajo en José Arcadio, son pruebas contundentes de ello. Tenemos que revisar los antecedentes.
Rebeca, pequeña paria de once años que llega a la casa de Úrsula donde come tierra y cal a escondidas, es metida en cintura a fuerza de correonazos y remedios amargos. Crece junto a Amaranta y se enamora de Prieto Crespi, personaje delicado, atento, prudente, hermoso y casi femenino. Rebeca no soporta las esperas de la futura boda y mientras Prieto sufre crisis de desilusión ante el nuevo aplazamiento del matrimonio por la construcción de la iglesia, Rebeca dice: "Nos fugaremos cuando tú lo dispongas". Pero la prudencia de Prieto no puede ir a la par con el carácter impulsivo de su novia. Su atrevimiento llegaba con pudor a los labios de Rebeca en medio de la oscuridad a escondidas de Úrsula. Más aplazamientos llevaron las manos de Rebeca a la tierra para masticarla en la boca y en medio de la desilusión, una bestia tatuada de hombre atravesó la puerta sin pedir permiso, haciendo temblar la tierra y le dijo: "Buenas". Y cuando él le dijo ese "Eres muy mujer, hermanita", ella perdió la tranquilidad y el sosiego por saberse en la mirada de ese toro que la deseaba. Los impulsos la llevaron hasta el cuarto de la fiera que estaba apenas en calzoncillos y después de ese "Ay, hermanita":
Ella tuvo que hacer un esfuerzo sobrenatural para no morirse cuando una potencia ciclónica asombrosamente regulada la levantó por la cintura y la despojó de su intimidad con tres zarpazos, y la descuartizó como a un pajarito. Alcanzó a dar gracias a Dios por haber nacido, antes de perder la conciencia en el placer inconcebible de aquel dolor insoportable, chapaleando en el pantano humeante de la hamaca que absorbió como un papel secante la explosión de su sangre.
Se casaron a los tres días. Rebeca renuncia al papel de mártir al que están destinados muchos de los personajes femeninos de la novela. Renuncia a las esperas y a la frustración. Sus actos revelan su naturaleza: una mujer que de niña tenía que ser sujetada como a un becerro para que tragara la medicina, no necesitaba un hombre prudente y delicado, sino un animal desbocado y sin miramientos que supiera tomarle el cuerpo hasta desfallecer. Con las esperas le creció la impaciencia y con la impaciencia le creció el deseo y con todo ese deseo hizo a José Arcadio para ella. No les importó la indignación de Úrsula. Que el padre Nicanor les hubieran revelado que no eran hermanos, era ya un dato de más que no determinaba nada. No necesitaban nada más que la hamaca de José Arcadio: "Los vecinos se asustaban con los gritos que despertaban a todo el barrio hasta ocho veces en una noche, y hasta tres veces en la siesta, y rogaban que una pasión tan desaforada no fuera a perturbar la paz de los muertos".
Nunca tuvieron miedo ni del incesto ni del enlace perfecto al que hace referencia Gustavo Álvarez Gardeazabal. Lo que rompió el perfecto equilibrio de esta pareja sin razón, fue el que Arcadio recuperara el sentido de la realidad: José Arcadio había doblegado la cerviz al yugo matrimonial. El carácter firme de Rebeca, la voracidad de su vientre, su tenaz ambición, absorbieron la descomunal energía del marido, que de holgazán y mujeriego se convirtió en un enorme animal de trabajo. José Arcadio dejó de ser la bestia sin miramientos que entró un día a la casa sin permiso. Ahora llegaba de trabajar a sus horas con el sustento del día; su descomunal energía se había sosegado. Lo absorbió.
Parece ser que Rebeca no pudo con eso; parece ser que no estaba dispuesta a esperar nuevamente a que su hombre se convirtiera nuevamente en animal, porque ya no toleraba las esperas:
Una tarde de septiembre, ante la amenaza de una tormenta, [José Arcadio] regresó a casa más temprano que de costumbre. Saludó a Rebeca en el comedor, amarró los perros en el patio, colgó los conejos en la cocina para salarlos más tarde y fue al dormitorio a cambiarse de ropa. Rebeca declaró después que cuando su marido entró al dormitorio ella se encerró en el baño y no se dio cuenta de nada. Era una versión difícil de creer, pero no había otra más verosímil, y nadie pudo concebir un motivo para que Rebeca asesinara al hombre que la había hecho feliz.
La duda surge ante la falta de verosimilitud. Él fue el hombre que la hizo feliz pero no sabemos si, con todos los cambios y con todo el equilibrio que estaba viviendo, seguía colmándose de felicidad como cuando la tomó por primera vez en sus brazos. Tal vez había motivos para que ella lo asesinara y eso es una duda que tampoco se puede descartar.
Rebeca Buendía no estaba encerrada en el bañó. Mató a José Arcadio Buendía. Lo mató por no ser quien ella había conocido; por haberse quedado quieto; por haberse dejado absorber la descomunal energía que lo hacía único. El asesinato fue uno de sus arrebatados impulsos de toda la vida. Una relación entre dos fieras no podía concluir de otra manera, pero el hecho de que haya terminado no niega en lo absoluto que hayan logrado un enlace perfecto.
Bibliografía:
Porrata, Francisco E. (edit.). Explicación de Cien años de soledad. Costa Rica: Editorial
Texto Ltda., 1976.
García Márquez, Gabriel. Cien años de soledad. 25ª ed. Buenos Aires: Editorial
Sudamericana, 1971.
miércoles, 21 de enero de 2015
Para Camilo, el majestuoso
Tengo una iguanita dormida en la selva de mi corazón.
Anoche cerró sus ojos y no hubo manera de calentar su sangre fría.
Mi dinosaurio chiquito,
mi panza verde,
mi cielo precioso,
mi maestro del silencio,
el depositario prehistórico de mi cariño...
No lo sé.
No sé cómo le hacen las personas para vivir sus días sin una iguanita.
No sé cómo hacer para acomodar este llanto; este cariño.
No sé dónde poner el dolor ni la ausencia.
No sé cómo callarme los sollozos.
No sé cómo sobrellevar el sobresalto.
No sé nada.
Yo soy una antes y después de ti, Camilo precioso.
Aprendí del amor verdadero,
aprendí miles de palabras en tu sagrado silencio,
aprendí de la contemplación,
aprendí sobre la luz del sol,
sobre el hogar que pueden ser los árboles,
sobre el valor del instinto.
Me enseñaste a esperar, a mirar, a escuchar.
Me enseñaste la vida desde otro lugar.
Me enseñaste lo invisible.
Esta última lección todavía no la entiendo.
Esta última lección es la más dura, Camilo.
Ni siquiera sé por dónde empezar, iguanita de mi corazón.
Este último silencio se me quedó atravesado en el pecho y quedé toda convertida en tormenta.
Soy una tormenta que no cesa.
Gracias, Camilo.
Gracias, pequeñito maestro.
Gracias por tu escarcha dorada.
Gracias por tu mirada prehistórica.
Gracias por el árbol que se queda en casa.
Gracias por hacerme volar.
Por todas las sonrisas.
Camilo... tú eres mi corazón.
Buen viaje, maestro.
Gracias por haber llegado a este lugar que te di por casa.
Gracias por toda la luz.
Por el amor.
Con todo el cariño del que nunca había sido capaz:
Tu diabla de leche.
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