domingo, 31 de mayo de 2015

Condolencia

Para Beatriz Flores

Sabemos que lo que viene es el silencio.
Uno de los más sólidos. Uno que parece muro.
Lo que viene es una montaña muy escarpada.
Lo que sigue es uno de los caminos más difíciles porque la ausencia se pone a habitarlo todo y sale a la menor provocación, por todas partes.
Casi nunca hay tregua. Sólo a veces.
Lo mejor es dejar que los ojos se te hagan un río y esperar a que se te salga toda la sal.
Lo mejor será no entender nada para empezar de nuevo. Y es que, después de un tiempo, hay que volver a andar.
Cuando los animales nos regalan tanta belleza siempre es difícil volver a encontrarla en otro lugar. Pero ahí está.
Cuando estés lista, cuando puedas sonreír sin que el corazón se te venga abajo, confía en que la luz -tantísima luz-, permanecerá.
El dolor se asienta. Es de a poco. Tantos años no son fáciles de acomodar.
Sin embargo habrá voces, llamadas, palabras, abrazos... Sujétate fuerte. Jalaremos mucho para que sepas que en medio de la soledad, haremos todo lo que esté en nuestras manos para ayudarte, para que te vuelvas a acompasar con los días, para lograr la dificilísima tarea de estar.
Por lo pronto aquí están mis brazos para tu llanto y mis palabras para rendirle un pequeño tributo al felino maestro que te tocó cuidar.
Que todos los dioses de todas las mitologías lo reciban.
Que se ponga a platicar con mi iguanita sagrada.
Que la luz sea siempre contigo y con él.


martes, 26 de mayo de 2015

Rebeca Buendía no estaba encerrada en el baño…

Los acercamientos a Cien años de soledad son muchos y la lista de temas que se pueden estudiar es tan vasta y rica, como la novela misma… ¿Qué más se puede decir? No tengo nada nuevo que aportar, sólo haré un acercamiento a la relación entre Rebeca y José Arcadio Buendía y daré mi opinión con respecto a un misterio en el pueblo de Macondo. Nada más.
Gustavo Álvarez Gardeazabal, en un estudio que hace sobre las formas de hacer el amor en la novela afirma: "[…] los Buendía no huyen al incesto, huyen a la posibilidad de lograr un enlace perfecto a la hora de hacer el amor."
Sin embargo, hay una pareja que desmiente tal afirmación: Rebeca y José Arcadio Buendía. El Me cago dos veces en natura  y la conversión de semental a hombre de trabajo en José Arcadio, son pruebas contundentes de ello. Tenemos que revisar los antecedentes.
Rebeca, pequeña paria de once años que llega a la casa de Úrsula donde come tierra y cal a escondidas, es metida en cintura a fuerza de correonazos y remedios amargos. Crece junto a Amaranta y se enamora de Prieto Crespi, personaje delicado, atento, prudente, hermoso y casi femenino. Rebeca no soporta las esperas de la futura boda y mientras Prieto sufre crisis de desilusión ante el nuevo aplazamiento del matrimonio por la construcción de la iglesia, Rebeca dice: "Nos fugaremos cuando tú lo dispongas".  Pero la prudencia de Prieto no puede ir a la par con el carácter impulsivo de su novia. Su atrevimiento llegaba con pudor a los labios de Rebeca en medio de la oscuridad a escondidas de Úrsula. Más aplazamientos llevaron las manos de Rebeca a la tierra para masticarla en la boca y en medio de la desilusión, una bestia tatuada de hombre atravesó la puerta sin pedir permiso, haciendo temblar la tierra y le dijo: "Buenas". Y cuando él le dijo ese "Eres muy mujer, hermanita", ella perdió la tranquilidad y el sosiego por saberse en la mirada de ese toro que la deseaba. Los impulsos la llevaron hasta el cuarto de la fiera que estaba apenas en calzoncillos y después de ese "Ay, hermanita":

Ella tuvo que hacer un esfuerzo sobrenatural para no morirse cuando una potencia ciclónica asombrosamente regulada la levantó por la cintura y la despojó de su intimidad con tres zarpazos, y la descuartizó como a un pajarito. Alcanzó a dar gracias a Dios por haber nacido, antes de perder la conciencia en el placer inconcebible de aquel dolor insoportable, chapaleando en el pantano humeante de la hamaca que absorbió como un papel secante la explosión de su sangre.  

Se casaron a los tres días. Rebeca renuncia al papel de mártir al que están destinados muchos de los personajes femeninos de la novela. Renuncia a las esperas y a la  frustración. Sus actos revelan su naturaleza: una mujer que de niña tenía que ser sujetada como a un becerro para que tragara la medicina, no necesitaba un hombre prudente y delicado, sino un animal desbocado y sin miramientos que supiera tomarle el cuerpo hasta desfallecer. Con las esperas le creció la impaciencia y con la impaciencia le creció el deseo y con todo ese deseo hizo a José Arcadio para ella. No les importó la indignación de Úrsula. Que el padre Nicanor les hubieran revelado que no eran hermanos, era ya un dato de más que no determinaba nada. No necesitaban nada más que la hamaca de José Arcadio: "Los vecinos se asustaban con los gritos que despertaban  a todo el barrio hasta ocho veces en una noche, y hasta tres veces en la siesta, y rogaban que una pasión tan desaforada no fuera a perturbar la paz de los muertos".
Nunca tuvieron miedo ni del incesto ni del enlace perfecto al que hace referencia Gustavo Álvarez Gardeazabal. Lo que rompió el perfecto equilibrio de esta pareja sin razón, fue el que Arcadio recuperara el sentido de la realidad: José Arcadio había doblegado la cerviz al yugo matrimonial. El carácter firme de Rebeca, la voracidad de su vientre, su tenaz ambición, absorbieron la descomunal  energía del marido, que de holgazán y mujeriego se convirtió  en un enorme animal de trabajo.  José Arcadio dejó de ser la bestia sin miramientos que entró un día a la casa sin permiso. Ahora llegaba de trabajar a sus horas con el sustento del día; su descomunal energía se había sosegado. Lo absorbió.
Parece ser que Rebeca no pudo con eso; parece ser que no estaba dispuesta a esperar nuevamente a que su hombre se convirtiera nuevamente en animal, porque ya no toleraba las esperas:

Una tarde de septiembre, ante la amenaza de una tormenta, [José Arcadio] regresó a casa más temprano que de costumbre. Saludó a Rebeca en el comedor, amarró los perros en el patio, colgó los conejos en la cocina para salarlos más tarde y fue al dormitorio a cambiarse de ropa. Rebeca declaró después que cuando su marido entró al dormitorio ella se encerró en el baño y no se dio cuenta de nada. Era una versión difícil de creer, pero no había otra más verosímil, y nadie pudo concebir un motivo para que Rebeca asesinara al hombre que la había hecho feliz.  

La duda surge ante la falta de verosimilitud. Él fue el hombre que la hizo feliz pero no sabemos si, con todos los cambios y con todo el equilibrio que estaba viviendo, seguía colmándose de felicidad como cuando la tomó por primera vez en sus brazos. Tal vez había motivos para que ella lo asesinara y eso es una duda que tampoco se puede descartar.
Rebeca Buendía no estaba encerrada en el bañó. Mató a José Arcadio Buendía. Lo mató por no ser quien ella había conocido; por haberse quedado quieto; por haberse dejado absorber la descomunal energía que lo hacía único. El asesinato fue uno de sus arrebatados impulsos de toda la vida. Una relación entre dos fieras no podía concluir de otra manera, pero el hecho de que haya terminado no niega en lo absoluto que hayan logrado un enlace perfecto.



Bibliografía:

Porrata, Francisco E. (edit.). Explicación de Cien años de soledad. Costa Rica: Editorial
Texto Ltda., 1976.

García Márquez, Gabriel. Cien años de soledad. 25ª ed.  Buenos Aires: Editorial
Sudamericana, 1971.

miércoles, 21 de enero de 2015

Para Camilo, el majestuoso


Tengo una iguanita dormida en la selva de mi corazón.
Anoche cerró sus ojos y no hubo manera de calentar su sangre fría.
Mi dinosaurio chiquito,
mi panza verde,
mi cielo precioso,
mi maestro del silencio,
el depositario prehistórico de mi cariño...

No lo sé.
No sé cómo le hacen las personas para vivir sus días sin una iguanita.
No sé cómo hacer para acomodar este llanto; este cariño.
No sé dónde poner el dolor ni la ausencia.
No sé cómo callarme los sollozos.
No sé cómo sobrellevar el sobresalto.
No sé nada.

Yo soy una antes y después de ti, Camilo precioso.
Aprendí del amor verdadero,
aprendí miles de palabras en tu sagrado silencio,
aprendí de la contemplación,
aprendí sobre la luz del sol,
sobre el hogar que pueden ser los árboles,
sobre el valor del instinto.
Me enseñaste a esperar, a mirar, a escuchar.
Me enseñaste la vida desde otro lugar.
Me enseñaste lo invisible.

Esta última lección todavía no la entiendo.
Esta última lección es la más dura, Camilo.
Ni siquiera sé por dónde empezar, iguanita de mi corazón.
Este último silencio se me quedó atravesado en el pecho y quedé toda convertida en tormenta.
Soy una tormenta que no cesa.

Gracias, Camilo.
Gracias, pequeñito maestro.
Gracias por tu escarcha dorada.
Gracias por tu mirada prehistórica.
Gracias por el árbol que se queda en casa.
Gracias por hacerme volar.
Por todas las sonrisas.

Camilo... tú eres mi corazón.
Buen viaje, maestro.
Gracias por haber llegado a este lugar que te di por casa.
Gracias por toda la luz.
Por el amor.

Con todo el cariño del que nunca había sido capaz:
Tu diabla de leche.