domingo, 27 de noviembre de 2011

Los poemas de la contienda

A continuación, los poemas que escribí en el torneo de la Revista Hotel.
Ellos daban una palabra y un tiempo límite. Estos fueron los resultados de la contienda.
En el premio venía incluida una sonrisa que todavía traigo puesta.
El dibujo lo hizo Siddartha Babbii, inspirado en el primer texto. Un privilegio, por supuesto.

Palabra: Tortugas
Suceder en el trayecto.
Quedarse en la arena.
Despertarse. Salir.
Hacia el mar. Hacia la espuma.
Allá.
Arrastrarse y, entonces, sumergirse.
Abrir los ojos en el agua.
Encontrarse con la sorpresa de no haber sido devorado.
Descubrir la velocidad.
Entonces -hasta entonces- saberse habitante del agua y ahí,
en ese lugar, aprender a volar.

Palabra: Playa
Noche de arrojarme toda.
De dejar que te esparzas como espuma sobre esta arena.
Que suba la marea.
Que te estrelles contra las rocas.
Aunque luego te vayas.
Aunque me hagas naufragar.

Palabra: Sonido
El sonido son los rastros que me quedan de tu silencio cuando te vas.

Palabra: Serpiente
Dejar que te acerques.
Esperar y guardar silencio.
Silencio absoluto.
Escucharte todos y cada uno de los movimientos.
Tomarte de golpe.
Contener tu desesperación.
Asirte con fuerza.
Matarte en el abrazo y después abrir las fauces.
Tragarte.
Tragarte de a poco.
Tragarte completo.
Dejar que todos estos días seas mi alimento.
Empezar otra vez.
Dejar que te acerques.
Esperar y guardar silencio.
Silencio absoluto.

sábado, 19 de noviembre de 2011

Brenda, las ilusiones, la piel y el chocolate

Brenda tiene una habilidad notable para modificar la superficie del rostro y del cuerpo. Como muchos, su fascinación por las líneas y los matices sobre la piel, la descubrió con el tiempo. En su caso, no fue un accidente. Fue un coqueteo que desde siempre le ha hecho el escenario. Los colores ya estaban puestos en su casa desde niña y la posibilidad de transformar los espacios fue algo que le llamó la atención de entre la gama de posibilidades que ofrecía la carrera de artes visuales. No sabía exactamente cómo lo haría; tal vez ni siquiera sabía que estaba esperando el momento. Tampoco se preocupó. En lo que el destino la encontraba, se puso a hacer chocolates. Lo que empezó como un regalo para la comunidad de la iglesia, resultó una buena idea que creció, que se pulió y que rindió frutos durante muchos años.
El día que decide dejar al hombre y al trabajo que ya no amaba para dedicarse a la ardua labor del cacao y sus menesteres, sucedió. Empezó como un diplomado de maquillaje que tomó por curiosidad y terminó como la labor que la mantiene bien y de buenas. Como tiene mucha magia en las manos la llamaron prontamente. Brenda descubrió una capacidad inusitada para crear ilusiones ópticas sobre el rostro y el cuerpo. Descubrió que podía deformar la simetría y hacer de la imperfección una cualidad; que después de que los rostros pasaban por sus manos se convertían en otros y los gestos cobraban proporciones donde lo hundido se levantaba y lo pequeño crecía. Brenda le ponía color y personaje a la piel.
Desde entonces, los rostros que ha maquillado son incontables. Seguro más de tres millares, me dice. Más de tres millares con los que, sin buscarlo, establece una relación. Están los que sudan la vida durante el proceso de transformación, los que se comen el color inmediatamente, los que resultan de una delicadeza difícil de lidiar y los que se dejan iluminar fácilmente. También están los narcisistas que no pueden renunciar fácilmente a la forma original de su cara.
Brenda es en el escenario, de los invisibles que resplandecen sin estar ahí. Al final, resultó que no transformó los espacios sino los cuerpos en movimiento. Cuando se percató de la fascinación, supo que estaba atrapada porque ya no se podía salir de allí: que había aceptado dichosa la dificultad de hacer ficción a colores, de transformar las bocas en hocicos, de hacer escamas en la dermis, de ruborizar lo incoloro, de saturar y hacer escurrir los espacios áridos.
A sus cuarenta, Brenda debe cuidar de la aguerrida adolescencia de su hija que le da batalla todos los días, terminar unos títeres con los que está colaborando, encontrar a un entregado al chocolate que sepa continuar con lo que sabe y procurar con eficacia las dos temporadas de teatro que le esperan. Habla con calma, ríe sin dificultad y le brillan los ojos cuando platica todo lo que le falta. Tal vez ese sea el secreto de la satisfacción: saber hacer y tomar las cosas con serenidad.

sábado, 12 de noviembre de 2011

Norma, la inquebrantable

Desde los 13 años, Norma salió a hacerle frente a las fauces del devenir. Así, entre las jornadas laborales y la secundaria, transitó su adolescencia y aprendió a no rendirse a fuerza de darle batalla a la necesidad; esa que tiene los colmillos afilados y las mandíbulas dispuestas a masticar a cualquiera.
Llegó de Tijuana a los cinco años. La pregunta de su edad la tomó por sorpresa. No es que no me la haya querido decir ni que tratara de aparentar algo. Es sólo que en medio del torbellino de todos los días, a Norma se le olvida aquello que no necesitará recordar durante la jornada. En la cafetería que tiene a su cargo verifica que los alimentos estén presentables, que el espacio invite a entrar, que los ingresos y egresos de la caja concuerden con el registro y hace acopio de todos los caballos de fuerza de que dispone para atender a una horda de adolescentes impacientes y hambrientos. Todo ello sin perder los estribos. Norma está encargada de sacar adelante un negocio que le fue encomendado desde hace once años. El prestigio que se ha ganado con tiempo y mucho cansancio es una prueba de que lo ha hecho bien. BIEN, con mayúsculas.
Cuando le pregunto qué es lo que más le cuesta más trabajo, me responde que el expresarse correctamente. Me lo dice, además, con una nitidez notable. Como si Norma no supiera que a todos nos cuesta una montaña encontrar la palabra correcta... como si no alcanzara a ver toda la luz que hay en lo que dice: que la felicidad se llama Manuel y tiene dos años con nueve meses, que Dios es su héroe, que le gusta el rosa mexicano para que la vean, que su lugar favorito es el agua.
A sus 32 años, Norma ya conoce la viudedad y no tiene cabida para el tiempo libre. Se levanta a las 4:30am para librar una batalla de dos horas de camino que van de ciudad Nezahualcóyotl al Estadio Azteca. A las 5:30pm, regresa a casa evadiendo los filos de la hora pico. Regresa sana y salva para ver a su hijo. Regresa después de haber dejado todas las obligaciones en su lugar y listas para el día siguiente.
A Norma le gusta el rock en español, la comida china, el sushi y los plátanos fritos. También le gusta mucho nadar. Desde siempre ha sentido cariño por los perros y ahora cuida a Napoleón a quien adoptó hace algunos años. Detesta que no le salgan las cosas y eso la hace ser muy cuidadosa con los números.
Hay algo de lo que está especialmente orgullosa: la confianza que se ha ganado a lo largo de los años. Norma es una persona honrada y no tiene pudor alguno en mencionarlo porque esa ha sido su única brújula en medio de la tempestad.
Sin darse cuenta, a Norma le pusieron la belleza y la virtud en el nombre. Seguramente eso es lo que la hace inquebrantable.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Araceli, la mujer de sonrisa sonora

Araceli permanece ahí, de lunes a viernes desde las 7:00am hasta las 2:30pm. Contesta los teléfonos siempre con la misma cortesía. Desde hace 18 años, ha dado prueba de grandes dotes de paciencia y amabilidad para orientar, reportar las llamadas de otras instituciones, comunicar con una de las 15 extensiones de la línea que tiene a su cargo, anotar las quejas y tolerar los reclamos fuera de lugar. Araceli Morales, sabe escuchar. Y no es algo que tome como parte del deber ineludible de todos los días; es algo que sabe hacer bien. Es algo de lo que uno se percata en la sonrisa que seguramente esboza cuando contesta la llamada.
A sus 45 años sólo ha tenido dos trabajos, una clara señal de que es una mujer que sabe echar raíces. El primero de ellos fue en una fábrica de plumas donde empezó como vendedora y terminó como representante de ventas. Ahí permaneció durante once años hasta que la fábrica salió de la ciudad. Entonces, sin dificultad, pasó la prueba de la eficiencia y el don de gentes en su actual trabajo.
Hoy en día tiene bien ubicada la voz de todos y cada uno de los que en ese colegio laboran: maestros, secretarias, directores, administradores, personal de intendencia. Se sabe sus nombres y tiene un archivo exhaustivo de sus tonos, volúmenes, matices y humores.
Los ciclos escolares terminan, también el cargo de los directivos pero ella permanece. En todo ese tiempo ha recibido tres amenazas de bomba. En el primero colgó de inmediato y le temblaron las piernas. También le tembló el sosiego; le sacudieron toda la tranquilidad. Avisó de inmediato sin poder evadir la histeria que provoca el miedo. La segunda y la tercera vez ya tenía bien puesta la calma. En esas ocasiones tuvo el discernimiento necesario para distinguir rápidamente las voces adolescentes que venían del otro lado de la línea. Colgó y levantó el reporte con la precaución necesaria.
También le han tocado las explosiones de llanto de madres de familia que necesitan ser escuchadas, que no saben qué hacer con sus hijos; aquellas que no tienen con quién hablar. Todas han sido mujeres. Los hombres no se detienen; ha comprobado que son de naturaleza más práctica. Ellos, más que ser escuchados, lo que necesitan es la extensión de la persona a la que buscan. No más.
Le han tocado las flechas de los reclamos mal dirigidos. El más constante: la falta de lugar en el estacionamiento que ella no tiene a su cargo y que, por obvias razones, no puede atender. Sabe lo que le corresponde y no se queda con el enojo de nadie.
Cuando termina de atender la última llamada, cuelga las obligaciones laborales y se va a su casa con la misma voz y la misma sabiduría a procurar al marido con el que ha compartido más de dos décadas, a escuchar a sus dos hijas adolescentes y a seguir su vida sin titubeos ni voces ajenas.